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COMUNICADOS DE PRENSA 1996 PRESS/43 El Director General de la OMC, Sr. Renato Ruggiero, exhortó hoy a los gobiernos a que hicieran todo lo posible por que el sistema multilateral de comercio siga respondiendo a las necesidades del mercado mundial. En un discurso pronunciado en Brisbane, examinó la aplicación de los resultados de la Ronda Uruguay, los progresos realizados en el programa de negociaciones y las nuevas cuestiones que pueden ser objeto de futuros trabajos en la OMC. |
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El Sr. Ruggiero pronunció su discurso, cuyo texto completo se adjunta, en una Conferencia sobre la futura orientación del sistema multilateral de comercio que organizó el Gobierno de Australia. Invitar al Director General de la OMC a pronunciar un discurso sobre las razones por las cuales el mundo necesita una OMC fuerte y eficaz es algo así como invitar a un cardenal a que pronuncie un sermón sobre los beneficios de la virtud: se puede dar una versión extensa o una versión breve, pero ninguna de ellas dejará mucho lugar para dudas o debates. Pueden estar tranquilos, hoy expondré la versión breve. Antes de comenzar quisiera felicitar al Sr. Bob McMullan y a sus colegas por la iniciativa de invitarnos a Brisbane. Corresponde -y realmente cabe esperar- que Australia asuma ese tipo de iniciativas en la preparación de Singapur y en el examen del futuro programa de trabajo de la OMC. Australia siempre ha apoyado activamente un sistema multilateral de comercio abierto, basado en normas convenidas y exigibles y, considero justo decirlo, también ha sido uno de los países que más se han beneficiado con ese sistema. Australia fue uno de los 23 miembros fundadores del GATT. También fue uno de los primeros países que ratificaron el Acuerdo sobre la OMC y se adhirieron como Miembros a la nueva Organización. Importantes grupos de negociación de la Ronda Uruguay fueron presididos por australianos, y, por otra parte, también los embajadores australianos siempre han desempeñado un papel fundamental en la vida del GATT y de la OMC. Esta Conferencia es otra señal más del compromiso de Australia con la OMC y puedo asegurarle, Senador McMullan, que apreciamos mucho ese compromiso. Sospecho que la mayoría de los presentes en esta sala no abrigan serias dudas acerca de la necesidad de que la OMC sea una Organización fuerte y eficaz. Reconocemos el extraordinario éxito que ha tenido el GATT durante sus 48 años de vida y confiamos en que la OMC tiene el potencial requerido para inspirar al crecimiento económico, el desarrollo y una mejora general del bienestar social durante los próximos decenios. Nuestra confianza nace en parte de una idea que predomina sobre todas las demás en cuanto a la forma en que vemos ahora el desenvolvimiento del comercio; un factor que apunta exclusivamente al sistema multilateral de comercio como el vehículo más coherente para impulsar un crecimiento económico sostenible. Esa idea, esa realidad, es la mundialización. El hecho de que desde los años 50 en adelante hayamos registrado continuamente tasas de crecimiento del comercio mundial mucho más elevadas que las de la producción mundial demuestra con elocuencia cuán rápida y cuán persistentemente ha avanzado durante los últimos cinco años ese proceso, que en alguna oportunidad se denominó interdependencia pero que ahora conocemos como mundialización. Si ahora podemos hablar de un mercado mundial -aunque incompleto e imperfecto- es sólo porque ese proceso ha alcanzado un punto en el que los pueblos son más conscientes del comercio y de la inversión a escala mundial y menos conscientes de los límites nacionales o regionales. Y esa consciencia trae consigo grandes esperanzas y expectativas. Muchos países en desarrollo -incluso, me alegra decirlo, cada vez más países del continente africano- están abriéndose al mercado mundial. Y si nosotros podemos ayudarlos a que tengan éxito en la apertura de sus economías y ofrecerles oportunidades de comercializar sus productos en el exterior ellos, a su vez, se convertirán en nuevos mercados, vigorosos, exigentes, para las exportaciones de las economías industriales y de los países en desarrollo más adelantados. Esta es la forma en que se supone que funciona el mercado mundial. ¿Qué respuesta debemos dar en la OMC? En primer lugar, necesitamos trabajar duramente para asegurar la plena y firme aplicación de los compromisos de la Ronda Uruguay. Si se cumplen debidamente, esos compromisos podrán abrir claras posibilidades de favorecer y promover el crecimiento del comercio y la inversión en los próximos años. Hemos sabido establecer un sistema muy moderno: queda aún por saber si lo utilizaremos con eficacia y firmeza. Al término del primer año de existencia de la OMC he podido dar cuenta de una situación en general favorable con respecto al funcionamiento de la Organización. El panorama es particularmente alentador en la esfera de la solución de diferencias. Un número considerable de países -tanto pequeños como grandes- recurren con frecuencia y en diversas formas a los procedimientos previstos y, muy a menudo, logran solucionar sus diferencias en la fase de consultas, evitando así todo el peso de las actuaciones del grupo especial y de la apelación. Aunque aún no hemos ensayado las últimas fases del procedimiento, no tengo motivos para temer que los gobiernos no sigan asumiendo sus obligaciones y ejerciendo sus derechos en este contexto con la misma seriedad. Al mismo tiempo, sería sorprendente que la aplicación de los resultados de la Ronda Uruguay no tropezara con dificultades. Naturalmente las habrá: hemos pedido mucho a los gobiernos y a sus legislaturas, y sería ilusorio creer que en algún país la aplicación completa de los resultados de la Ronda Uruguay resulta fácil y procede sin obstáculos. Pero el esfuerzo debe hacerse. Sin ese esfuerzo, se reducirán las múltiples ventajas que vimos surgir de la Ronda o simplemente no se concretarán. Hoy por hoy considero que no hay peligro de que ello se produzca. Pero debemos estar atentos y educar e informar a la opinión pública con respecto a las razones por las cuales los cambios que debe introducir un país desde el momento en que es Miembro de la OMC son tan valiosos como ineludibles. La segunda respuesta a las necesidades urgentes del mercado mundial debe ser el éxito de nuestro programa de negociaciones. Esto concierne principalmente, pero no exclusivamente, al comercio y las inversiones en la esfera de los servicios. Nuestro mandato consiste en negociar varias disciplinas "horizontales" que actualmente no están previstas en el AGCS: subvenciones, contratación pública, salvaguardias y normas, por ejemplo. Estamos negociando en el sector de los servicios profesionales, en particular con respecto al sector de la contabilidad. Para fines de junio, debemos haber entablado las negociaciones sobre el transporte marítimo. Pero entre todos estos mandatos, debido precisamente a su inextricable vinculación con el proceso de mundialización, tiene preeminencia la negociación sobre telecomunicaciones básicas. El éxito en esta esfera será una señal decisiva de la voluntad de los gobiernos de seguir, frente al sistema multilateral de comercio, la lógica que corresponde a un mercado mundial. Tenemos tiempo hasta fines de abril. Nos acercamos a las instancias finales de la negociación. A partir de ahora es preciso que aumente el número de participantes, y que aumenten y mejoren las ofertas. Confío en ustedes para que así suceda. Daremos la tercera respuesta abordando nuevamente algunas de las más vastas actividades de liberalización de la Ronda Uruguay. Los resultados obtenidos en la reducción de aranceles fueron impresionantes pero en determinada fase, y tal vez antes de lo previsto, tendremos que considerar si podemos ir más allá de esos resultados o ponerlos en práctica más rápidamente. Y para fines de siglo estamos comprometidos a celebrar nuevas y sustanciales negociaciones en materia de agricultura y de servicios transfronterizos. Se trata de compromisos serios e importantes, que no pueden postergarse demasiado y que los gobiernos deben tener muy presentes al examinar sus programas de negociaciones comerciales para los años venideros. En cuarto lugar, para que el sistema siga respondiendo plenamente al mercado mundial, su programa de trabajo debe evolucionar constantemente. Por supuesto, la cuestión relativamente nueva del comercio y el medio ambiente ya ha sido incluida en el programa de la OMC. El Comité de Comercio y Medio Ambiente está avanzando positivamente en la definición de algunos parámetros convenidos de común acuerdo en esta relación compleja y, en algunos puntos, controvertida. Creo que en la Conferencia de Singapur podrá darnos un informe alentador, en el que confío que subrayará el hecho de que las políticas comerciales y las preocupaciones ambientales pueden y deben reforzarse mutuamente. Al prepararnos para Singapur también debemos pensar la forma en que acometeremos las otras cuestiones nuevas, que varios Miembros de la OMC se han manifestado interesados en abordar. Por ejemplo, el comercio y la inversión: el hecho de que se les haya considerado en algún momento en forma separada o como alternativas constituyó más una aberración histórica y política que una realidad práctica. Ambos temas están estrechamente conectados y mucho más en el contexto de la mundialización. Las empresas comercian para invertir e invierten para comerciar. Los países en desarrollo y las economías en transición no podrán diversificar sus exportaciones en ninguna escala significativa si no atraen inversiones, que a su vez adquieren cada vez más importancia en la medida en que se intensifican las presiones sobre los presupuestos destinados a la ayuda. Y sin inversiones internas tampoco podrán desarrollarse sectores de servicios que brinden un apoyo adecuado a la actividad manufacturera y exporten servicios por cuenta propia. El AGCS se basó principalmente en la idea de que los proveedores de servicios deben invertir y establecerse en los mercados a fin de abastecerlos. Gran parte del Acuerdo sobre las MIC tiene por finalidad crear condiciones jurídicas seguras para la inversión y, en particular, para la transferencia de tecnología. Por supuesto, el Acuerdo sobre la OMC establece la ilicitud de determinadas medidas relacionadas con las inversiones que distorsionen el comercio. En pocas palabras, resulta difícil decir que las inversiones constituyen una cuestión nueva para la OMC. El problema es cómo iremos adelante y hacia dónde. Las inversiones internas siempre han sido promovidas y protegidas por tratados bilaterales: alrededor del 60 por ciento de 900 de esos tratados se ha negociado en los últimos 10 años. Además, acuerdos regionales celebrados recientemente incluyen condiciones relacionadas con las inversiones. En conjunto, no puede decirse que en el mundo exista un clima muy coherente o previsible para las inversiones. En efecto, la situación actual es la antítesis misma de la que debería propugnarse en una economía mundial. Sin restar mérito a los esfuerzos que se hacen actualmente por racionalizar la situación, no hay que olvidar que siguen siendo fragmentarios: muchos países han quedado excluidos y es posible que los términos que en definitiva fueron acordados resulten mucho menos que aceptables para la mayoría excluida. Por otra parte, es muy importante que los intentos por establecer normas internacionales aplicables a las inversiones no entren en pugna con los compromisos ya asumidos en la OMC ni con el programa de trabajo de ésta; por ejemplo, como ya lo he mencionado, dentro de pocos años comenzará una nueva ronda de negociaciones sobre servicios. Hay muchos argumentos que pesan a favor de una iniciativa auténticamente multilateral en esta esfera. Otra consecuencia de la mundialización es la atención cada vez mayor que se está prestando a las prácticas privadas que puedan restringir o distorsionar el comercio y la competencia internacionales. El GATT, y ahora la OMC, se han interesado principalmente en la eliminación o reducción de las medidas gubernamentales que tienen esos efectos. No obstante, no es para nada nueva la necesidad de incluir los asuntos relativos a la política en materia de competencia en los acuerdos comerciales internacionales.
Todos ustedes tienen conocimiento de las diferencias comerciales que recientemente se han planteado en torno a las distintas concepciones del papel de la política en materia de competencia y de su aplicación para ofrecer oportunidades comerciales. En efecto, es inevitable que la OMC se vea cada vez más involucrada en cuestiones relativas a una política de defensa de la competencia, independientemente de que este asunto figure oficialmente en el orden del día de Singapur. Habría que decidir si la OMC debe tratar las cuestiones relacionadas con la política en materia de competencia solamente de manera ad hoc, en el contexto de cuestiones específicas relativas a la política comercial, o si debería iniciar un examen global de los vínculos existentes entre comercio y competencia con miras a desarrollar una perspectiva multilateral coherente de la forma en que la política comercial y la política en materia de competencia podrían reforzarse recíprocamente. Algunos Miembros de la OMC consideran conveniente incluir en el nuevo programa el tema del comercio y las normas del trabajo. No duden de que soy plenamente consciente de los aspectos delicados que encierran ambos puntos de la cuestión, que también considero debería ser objeto, al menos, de un debate, incluso informal, a fin de evitar conflictos. A mi juicio, aumentarían considerablemente las posibilidades de tal debate si se aceptara claramente que el proteccionismo no constituye una respuesta adecuada a las inquietudes que despiertan las normas del trabajo. Por otra parte, considero que los países no deberían mejorar sus propias condiciones de competencia explotando deliberadamente a los sectores vulnerables de la fuerza de trabajo. Es necesario aclarar si se trata de una preocupación por los derechos humanos o por la competitividad. Si, -y estoy seguro de que la mayoría de las personas piensan lo mismo- se trata de una cuestión de derechos humanos, cabe preguntarse qué categorías de derechos están en juego. Aquellos más fundamentales -es decir, los relativos al trabajo infantil y al trabajo forzado o los derechos sindicales- ya han sido reconocidos más o menos en todo el mundo, en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Ahora el problema consiste en encontrar la mejor manera posible de hacerlos respetar, y decidir en qué foro deben ser abordados. En lo que respecta a la OMC, su tarea más inmediata consiste en obtener un consenso para evitar que esta cuestión sea fuente de controversias, en Singapur o en otros foros. También se ha planteado la cuestión de la corrupción en el comercio internacional. En el contexto de la OMC, todos los trabajos en esta esfera podrían, en principio, centrarse en primer lugar en la contratación pública. En términos cuantitativos, el nuevo Acuerdo, que entró en vigor el 1. de enero, multiplica por diez las contrataciones públicas abiertas a competencia internacional, en comparación con el Acuerdo anterior. No obstante, sigue siendo sólo un Acuerdo plurilateral, cuyo número de miembros es limitado. Ampliar este número ayudaría a mejorar la transparencia, que es la enemiga de las prácticas de corrupción. La quinta respuesta al desafío que supone la mundialización consiste en ampliar el número de Miembros de la OMC, a fin de que se convierta en una Organización verdaderamente universal. Hay 29 negociaciones de adhesión en curso, y muchos otros países están considerando la posibilidad de presentar su candidatura; de ello se deduce la enorme tarea que nos espera para asegurar que la integración de estas nuevas economías rinda beneficios concretos y produzca crecimiento económico, tanto para ellas como para sus interlocutores comerciales. Si se acuerdan las condiciones correctas, más de un millardo y medio de nuevos consumidores y trabajadores podrían ingresar al sistema en los próximos años. Y este ingreso debería considerarse como una oportunidad para todos y no como un problema potencial de nueva competencia. Y por último la respuesta debe ser dar sentido a la relación entre integración económica regional y sistema multilateral de comercio. En este punto no hay ninguna contradicción lógica. En los círculos comerciales internacionales, ésta ha sido la opinión de la gran mayoría. Sin embargo, la relación entre regionalismo y un sistema multilateral basado en el principio de la NMF es una relación compleja, que está adquiriendo cada vez más complejidad a medida que aumenta el número y el alcance de las iniciativas regionales. Las iniciativas comerciales regionales pueden constituir la base para poner término a hostilidades de antigua data, como ha sucedido en Europa y, confiamos, tal vez suceda en el Oriente Medio. Y en el caso de los países menos adelantados, como muchos países africanos, dichas iniciativas constituyen un paso esencial hacia la plena integración en la economía mundial. También contribuyen a centralizar y a reforzar el compromiso político de apertura de las economías y de los regímenes comerciales, compromiso que es fundamental mantener. No obstante, nadie puede afirmar con fundamento que el regionalismo sea una alternativa al sistema multilateral. Para que la economía sea una economía mundial debe existir un sistema mundial de normas comerciales, un foro mundial para continuar las negociaciones y una plataforma, también mundial, para establecer el nuevo programa con respecto al comercio. Y todo ello puede encontrarse únicamente en el sistema de la OMC, razón que lo convierte en un marco fundamental e insustituible para el desarrollo de las iniciativas regionales. Encontrar la forma de que aquél y éstas se desarrollen juntos -y no separados- tal vez sea la cuestión más urgente que enfrenten los encargados de formular las políticas comerciales. Sugeriré tres elementos que podrían facilitar una respuesta.
En pocas palabras, el mundo necesita una OMC fortalecida, porque la OMC refleja y representa a la economía mundial tal como realmente es. La OMC responde mejor a la realidad económica y a las prácticas comerciales que cualquier otra institución económica o marco jurídico similar. Pero no puede quedarse tranquila, debe seguir desarrollándose, al ritmo de los acontecimientos y cambios. El futuro programa ha sido principalmente dictado por la lógica y el sentido común. Singapur constituye sólo una etapa -aunque una etapa importante- en la maduración de este programa y, si hay consenso, en el camino hacia una nueva fase de negociación. Las señales que vengan de Singapur nos dirán si los gobiernos están dispuestos a seguir la lógica de la economía mundial y a maximizar los beneficios a través de un sistema multilateral de comercio fuerte, vibrante y actualizado. |
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