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COMUNICADOS DE PRENSA 1996 PRESS/55 10 de septiembre de 1996 Por encima de las fronteras: En un mundo de libre comercio y gran interdependencia Se adjunta el texto del discurso pronunciado hoy (10 de septiembre de 1996) en Buenos Aires por el Sr. Renato Ruggiero, Director General de la Organización Mundial del Comercio, ante el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales. |
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Permítanme que comience dando las gracias al Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales por haberme invitado a hablar acerca de los retos que ha de afrontar la Organización Mundial del Comercio en una economía en proceso de mundialización. Se ha dicho que la mayoría de los gobernantes contemplan el futuro como en un espejo retrovisor. Los generales dirigen los combates como lo hicieron en la guerra precedente, mientras que los estadistas y los diplomáticos, ante la tarea de construir el mañana, suelen empezar con planos de regímenes ya fenecidos. Esta tentación de volver la vista al pasado se hace sentir aún más en una economía como la actual, en vías de mundialización, en la que el paisaje parece que se ha transformado por completo y hasta la tierra que pisamos está cambiando constantemente. Los peligros son también mucho mayores. Vivimos en un mundo que está ya en marcha hacia el libre comercio mundial, embarcado en un proceso que no tiene vuelta atrás sin costos muy difíciles de imaginar para nuestro crecimiento y nuestro progreso en el futuro. El reto ahora es afrontar un mundo de libre comercio y creciente integración y aprovechar las inmensas ventajas que ofrece. Hemos de optar entre levantar una arquitectura mundial que sea abierta, universal y basada en normas o vivir en un sistema que es anárquico en el sentido más literal de la palabra. Si, con la revolución tecnológica de los últimos decenios y con los ingentes esfuerzos de liberalización simbolizados por la Ronda Uruguay, ha terminado un capítulo de la historia económica mundial, otro está a punto de empezar. Cómo se escriba este capítulo dependerá de las decisiones que tomemos en los próximos meses y años. Afirmar que la mundialización es una realidad en marcha no es pretender que estemos próximos al libre comercio en todos los sectores y en cada una de las regiones del mundo. Es evidente que aún estamos lejos de ello. La liberalización del comercio es incompleta en numerosos sectores fundamentales: sigue habiendo importantes crestas arancelarias, se negocia todavía en sectores cruciales como los de telecomunicaciones o servicios financieros y dejan mucho que desear incluso los resultados finales de la Ronda Uruguay en lo referente a la agricultura, los textiles y la contratación pública. En la lista de asuntos relativos a la liberalización hay sobrados temas pendientes para tenernos ocupados hasta bien entrado el siglo próximo. También es verdad que no todos los países están igualmente integrados en el sistema multilateral. La mundialización ha avanzado mucho más en Europa, América y Asia que en África, por no hablar de grandes economías como las de China o Rusia que todavía no han hecho su entrada en la Organización Mundial del Comercio. Ahora bien, por imperfectos que sean nuestros progresos, la tendencia de fondo no ofrece lugar a dudas. En todos los planos, sea el multilateral, el regional o el unilateral, todos los caminos llevan a una mayor libertad de comercio. Los aranceles NMF en todos los países, tanto desarrollados como en desarrollo, están descendiendo de manera muy pronunciada, mientras que los aranceles aplicados son en muchos casos aún menores. Mucho más de la tercera parte del comercio mundial gozará de franquicia arancelaria cuando la Ronda Uruguay esté plenamente en aplicación. También se han suprimido la mayoría de las restricciones en frontera de carácter no arancelario y, las que no lo han sido, se proyecta eliminarlas o transformarlas en aranceles con arreglo a un calendario estricto. El comercio de servicios ya ha entrado en el ámbito del sistema multilateral y es de pensar que las inversiones no tarden mucho en entrar. Dentro de las fronteras, numerosos países han iniciado reformas fiscales, monetarias y estructurales no menos radicales con el fin de adecuar sus economías a un entorno internacional cada vez más competitivo y abierto. Pero la transformación más fundamental es la que se está operando en las mentes. Las telecomunicaciones están creando un auditorio mundial, el transporte está dando nacimiento a una aldea mundial y, desde Buenos Aires a Boston y a Beijing, la gente común ve la cadena de televisión MTV, viste vaqueros Levis o escucha walkmans Sony cuando van a trabajar. Sin duda cabe todavía imaginar que algunos gobiernos bloqueen en la frontera la entrada de vaqueros Levis o la recepción de la MTV. Ahora bien, la consecuencia de bloquear la entrada de bienes o servicios será una emigración masiva de personas e inversiones. Lo que está en marcha es una revolución de los ciudadanos a escala mundial e incluso aquellos a quienes no les gusta el rumbo hacia donde nos está llevando la mundialización no tienen ningún plan realista para meter de nuevo al Genio en la lámpara. Es en este sentido tan personal en el que se puede decir que ahora todos somos librecambistas. Todos estos cambios se reflejan en el volumen creciente del comercio mundial. Las corrientes comerciales se han multiplicado por 15 en los cuatro últimos decenios -hasta alcanzar 6 billones de dólares el año pasado- mientras que la producción se ha multiplicado por seis. Más todavía llama la atención el movimiento de las inversiones extranjeras directas en todo el mundo. En los diez años anteriores a 1996, las corrientes entre países de inversión se cuadruplicaron con creces, pasando de unos 60.000 millones de dólares a casi 300.000 millones al año. Estas estadísticas ponen de manifiesto la nueva dialéctica de la mundialización. La reducción sistemática de los obstáculos al comercio en todo el mundo, sumada a la enorme disminución de los costos del transporte y las comunicaciones, ha abierto el camino a un sistema mundial de producción, distribución y consumo en el que las empresas gozan de una libertad creciente para allegar insumos de cualquier parte del mundo y ofrecer servicios a un mercado asimismo mundial. Esto, por su parte, ha acelerado el movimiento de la inversión mundial, al irse dando cuenta las empresas de que lo mejor para conseguir ventajas comparativas para la producción, la adquisición de recursos y la distribución, así como en materia de tecnología, es establecer una presencia directa en los mercados extranjeros. Se calcula que la producción por filiales extranjeras de empresas multinacionales supera en la actualidad el valor del comercio mundial de bienes y servicios, que el comercio interno en las empresas multinacionales representa más de la tercera parte del comercio mundial y que las exportaciones de multinacionales a empresas que no son filiales suyas representan otra tercera parte. Mientras que antes el comercio consistía en el intercambio de productos entre empresas nacionales que operaban en mercados nacionales, hoy día el comercio es, tanto como eso, el flujo de componentes, servicios y tecnología entre empresas de ámbito mundial que operan en mercados mundiales o en el interior de ellas. Mientras que antes se veía en la inversión extranjera un modo de sustituir el comercio -un modo de saltar por encima de las barreras nacionales- muchas empresas la consideran ahora una condición previa indispensable. Estamos llegando al punto en que el comercio y la inversión forman parte de un único entramado de actividad económica internacional. Los obstáculos al comercio y a la inversión seguirán siendo, uno tras otro, arrastrados por los vientos de la mundialización como hojas en otoño. Pero la fuerza de estos vientos ya está poniendo a prueba nuestra capacidad de adaptación. El reto más inmediato es integrar un mundo en desarrollo que está en rápido proceso de ascensión. Nadie se beneficiará más de la mundialización que los países en desarrollo. La producción es móvil en la actualidad, la tecnología difusa y el capital tiene alas en los pies. Desarrollados o en desarrollo, todos competimos por las mismas inversiones, los mismos mercados y las mismas iniciativas de innovación. En este sentido, la mundialización ha arrumbado las viejas reglas del crecimiento económico al poner en manos de países antes relegados de por vida al tercer mundo los instrumentos para acelerar su desarrollo. Los índices de desarrollo sin precedentes de ciertos países de Asia y América Latina en vías de industrialización muestran que se está operando un trasvase de poder económico fenomenal. Corresponde actualmente a los países en desarrollo una cuarta parte del comercio mundial frente a menos del 20 por ciento hace cinco años. Un tercio de los 25 países que van en cabeza de las exportaciones e importaciones mundiales son ahora países en desarrollo, entre los que figura la Argentina. Hace 20 años, los países industrializados importaban de países en desarrollo apenas el 5 por ciento de sus productos manufacturados; en 1990 esa cifra era ya del 15 por ciento y en 1994 superaba el 20 por ciento. Algunos están empezando ya a temer que la intervención de importantes países en desarrollo lance ondas de choque por todo el sistema. Les inquieta que el aumento de las exportaciones procedentes de mercados nacientes ejerza una presión cada vez mayor sobre las economías abiertas de los países desarrollados, presión que, al menos en los sectores más sensibles, podría provocar incertidumbre económica y desasosiego. Otros preguntan cómo podremos gestionar un sistema comercial de complejidad creciente que se está ensanchando al tiempo que gana en profundidad. La respuesta es, en pocas palabras, que todos estos problemas se podrán afrontar mejor en el seno del sistema mundial existente que fuera de él. En la medida en que los países en desarrollo se integran más profundamente en la economía mundial no nos queda más opción que la de hacerlos participar con mucha mayor proximidad y transparencia en la formación de las reglas e instituciones internacionales con el fin de asegurar tanto la estabilidad como la evolución del sistema. Esto pone de relieve la necesidad crucial de que China, Rusia y todos los demás candidatos que todavía están fuera del sistema multilateral entren con pie seguro en la OMC. Nadie espera que esto vaya a resultar fácil: sobre todo la accesión de grandes economías en transición plantea cuestiones fundamentales a las que no se puede dar respuesta poniendo en entredicho la integridad de las normas o los intereses de los miembros existentes. Ahora bien, no podremos mantener durante largo tiempo un sistema coherente de normas mundiales que sea tiroteado desde el exterior. Si no está dentro del sistema una economía del tamaño de la de China nos arriesgamos a que nuestra Organización Mundial del Comercio sea mundial solo de nombre. Otro reto importante es encauzar de manera constructiva la creciente competencia internacional por los mercados de exportación, por la inversión y, cada vez más, por la tecnología, competencia que se hecha de ver sobre todo en la creciente red de zonas comerciales regionales y suprarregionales. La lógica del regionalismo es que ciertos grupos de países avancen más y con mayor rapidez hacia la liberalización que otros. Pero una de las principales fuerzas impulsoras de una rápida regionalización es la carrera por arrebatar una rebanada mayor de la tarta de las exportaciones y la inversión. Los países conciertan arreglos de libre comercio para incrementar su acceso a los mercados y a la inversión, lo cual a su vez incita a otros a sumarse a la carrera por miedo de quedarse atrás. Como fichas de dominó que van cayendo sucesivamente, los acuerdos de libre comercio generan nuevos acuerdos de libre comercio. Ya el año pasado la OMC supo de unas 100 agrupaciones bilaterales o regionales y cada mes llegan a nuestro conocimiento nuevas alianzas o la ampliación de las existentes. Hasta ahora esto ha resultado en general beneficioso. Los acuerdos regionales han sido peldaños para la liberalización mundial, han servido de crisoles para la innovación de las políticas comerciales y pueden ser una fuente de tensión creadora para el conjunto del sistema y de acicate a otras iniciativas regionales y multilaterales. Mi preocupación no es tanto que los mecanismos regionales se corten del exterior, sino que su mismo impulso deje rezagado al sistema multilateral. Si la liberalización regional se adelanta al proceso liderado por la OMC, existe el riesgo de que carezcamos de un marco común de normas y disciplinas. Si nuestros intereses económicos vienen definidos en grado creciente en términos regionales y no mundiales, será cada vez más difícil contar con la masa crítica de países indispensable para sostener el sistema multilateral. El riesgo entonces será el de un mundo fragmentado que, dando pábulo a las fricciones y rivalidades interregionales, carezca de la arquitectura mundial de normas y procedimientos necesaria para arbitrarlas. La solución a la larga no es intentar restringir los acuerdos regionales, contentándose con que propicien el comercio y se atengan al artículo XXIV del GATT, ya que esto sería como querer poner coto a la mundialización. La solución es cuidar de que la liberalización regional y la multilateral se refuercen recíprocamente y de que todos los caminos acaben llevando a la OMC. La solución, en otras palabras, es multilateralizar el regionalismo todo lo que sea posible. Una respuesta puede darla el principio que han enunciado algunos de los grupos regionales más recientes: el compromiso con el regionalismo abierto. Lo que esto quiere decir en la teoría es la convergencia: que la eliminación de las barreras dentro de un bloque se efectuará aproximadamente al mismo ritmo que la disminución de las barreras para los países que no sean miembros. Lo que podría significar en la práctica es verdaderamente revolucionario: que, al comprometerse con la apertura, los acuerdos comerciales regionales podrían ser los agentes catalizadores del libre comercio mundial. Esto nos lleva al tercer reto que habremos de afrontar en los próximos años: conseguir que el sistema multilateral de comercio sea verdaderamente universal. Por más que estemos avanzando en dirección a una mayor libertad de comercio, el progreso es desigual. Barreras residuales y prácticas discriminatorias distorsionan las corrientes comerciales y de inversión, lo cual a su vez provoca incertidumbre y fricciones. Se agrava esta situación cuando las normas comerciales no avanzan al mismo paso que la integración económica. Lo que más repercute hoy día en la configuración y la orientación de la actividad económica -sobre todo en lo referente a las normas de la competencia y a los flujos de inversión mundial- no son tanto los obstáculos puestos en frontera cuanto las estructuras económicas internas dentro de los países. Aquí es donde están abundando más las ocasiones de fricciones comerciales, no por divergencias acerca de las normas, sino por la inexistencia de éstas. Hemos abordado satisfactoriamente en la Ronda Uruguay los problemas que se planteaban en 1986. Ahora tenemos que abordar los de 1996 y años venideros. Pero a estas nuevas normas no necesariamente se llegará con facilidad. Durante casi 50 años, las negociaciones multilaterales han estado centradas casi exclusivamente en la eliminación de los obstáculos en frontera con arreglo a un marcador de inspiración fundamentalmente mercantilista: el trueque de una concesión arancelaria por otra. Pero el nuevo reto no consistirá tanto en regular las relaciones entre economías nacionales cuanto en establecer las normas y estructuras de una economía transnacional. No es seguro que, al igual que sabemos negociar aranceles, hayamos aprendido a elaborar normas. Ni lo es que, a la hora de negociar servicios, normas o inversiones, sepamos todavía medir una concesión comercial o el acceso a los mercados o si estos conceptos siguen significando lo mismo en una economía transnacional. Lo que es seguro es que en nuevos sectores como los servicios financieros, las telecomunicaciones o la inversión hay una coincidencia cada vez mayor de intereses entre productores y consumidores, exportadores e importadores, países desarrollados y en desarrollo. El comercio siempre ha sido un trato de ventajas recíprocas y tanto más lo es en una economía mundial en la que la competitividad y la innovación dependen cada vez más de la apertura al flujo de técnicas, habilidades e ideas. Éste es el marco en el que debemos empezar a afrontar grandes desafíos según nos avocamos al próximo siglo: el empleo, el crecimiento, el desarrollo sostenible, etc. Estos desafíos exigen en grado creciente soluciones mundiales sencillamente porque también está aumentando la interdependencia mundial. Es por desgracia verdad que todavía nos falta mucho para corregir los actuales desequilibrios en la economía mundial, al igual que también nos falta mucho para corregir los desequilibrios incluso dentro de los países más ricos. Pero también es verdad que estos desequilibrios a nivel mundial o nacional son absolutamente inaceptables. Pero hay algo que quiero dejar claro: la liberalización sigue siendo el motor más importante para el crecimiento a nivel mundial. Así lo reflejan estudios como el reciente Informe sobre el Desarrollo Humano, según el cual hay en el mundo 1.500 millones de personas que son más pobres que en el pasado, pero más de 3.000 millones que viven mejor en la actualidad que como se ha vivido en cualquier otro momento de la historia. La tendencia global es hacia una lenta pero apreciable mejoría del desarrollo humano en casi todos los países estos últimos decenios. No incumbe al libre comercio la responsabilidad de distribuir la riqueza que genera. Éste es el principal cometido de los gobiernos a nivel nacional y, habida cuenta de la dimensión cada vez más mundial de los problemas, también a nivel internacional. Instaurar una protección mayor contra la economía mundial en aras de una mayor igualdad socioeconómica sería poner un remedio peor que la enfermedad. Pero, asimismo, no buscar soluciones a los problemas de la pobreza en los países menos adelantados o al desempleo en todo el mundo, sería con toda certeza poner en grave riesgo el crecimiento y el progreso mundial. La comunidad mundial puede muy bien sentirse orgullosa según nos vamos aproximando al final del siglo. Se están derrumbando los muros que nos separaban -económicos, políticos e ideológicos- al término de un siglo sangriento de conflictos nacionales. Buena parte de los países en desarrollo están mejorando gracias al comercio y a la tecnología, borrándose así una de las cicatrices más feas que dejó la primera revolución industrial. Estamos embarcados en un hondo proceso de integración mundial y de crecimiento económico que se está difundiendo más y más, proceso portador de la mejor oportunidad que hasta ahora se ha dado de alcanzar una paz mundial duradera. Es para nosotros el momento, en vísperas del quincuagésimo aniversario de la creación del GATT, de celebrar nuestros logros y de enderezar nuestros pasos por el camino que nos queda por recorrer. La inquietud que sentimos algunos tal vez se deba a que aún no tenemos una idea clara de a dónde nos lleva este nuevo camino. En cierto sentido somos víctimas de nuestros propios éxitos. El derrumbe del muro de Berlín y la conclusión de la Ronda Uruguay no simbolizaron tan sólo el término de un largo combate, sino también la culminación de un propósito común. Cuando estamos a punto de alcanzar esa comunidad universal de naciones que se nos escurría de las manos hace tan sólo un decenio, nos encontramos de repente sin un objetivo unificador. El Everest ya está conquistado. También se ha esfumado el compromiso con los empeños ideológicos que nos impulsaban hacia adelante. Las fracturas del último medio siglo reflejaban no sólo un choque de intereses económicos y políticos, sino también el choque de las ideas. En economía, la pugna del mercado libre con un estatismo cerrado en sí mismo, y en política, la pugna de la democracia liberal con el totalitarismo. Pero este dragón de dos cabezas ya está degollado. Las grandes ideas pueden ceder el paso a la lenta elaboración de los pormenores técnicos y las grandes alianzas ser eclipsadas por mezquinas reyertas y disputas interminables. Pero nuestra desazón cala más hondo que el sentimiento de vacío que nos sobreviene al término de un largo viaje. Con la liberalización y los adelantos tecnológicos hemos modificado radical e irreversiblemente el paisaje económico. Hemos dado el gran salto a la mundialización. Pero es un mundo para el que no tenemos todavía respuestas claras y pocos puntos de orientación, salvo en lo referente a las viejas políticas y las instituciones del pasado. Tal vez el desequilibrio mayor sea que los acuciantes problemas económicos, sociales y ambientales con que tropezamos en este final de siglo son problemas realmente mundiales que requieren una visión mundial y respuestas mundiales. Ahora bien, los gobiernos son nacionales y con frecuencia se tiende a prestar oído únicamente a las preocupaciones y presiones locales y a buscar soluciones asimismo locales. Y, lo que es peor ante la falta de respuestas mundiales, existe el peligro de que acabemos pensando que el futuro está en cierto modo fuera de nuestro control y se vea en la tecnología no un instrumento que nos ayude a progresar, sino una máquina que nos arrastra ciegamente hacia adelante. Muchos verán en la mundialización no un proceso que es fundamentalmente liberador, sino un proceso que nos constriñe y determina. Por fortuna, algunas de las respuestas de ámbito mundial ya están a nuestro alcance. La OMC fue la primera gran institución internacional que se creó una vez terminada la Guerra Fría y culminada la Ronda Uruguay. Es interesante señalarlo porque, a mi entender, la OMC nos promete el género de arquitectura mundial que necesitamos para los próximos decenios. Surgió de presiones ejercidas desde abajo en pro del libre comercio y una mayor integración; no fue algo otorgado desde arriba, con el rostro del burocratismo y la centralización. La cultura de la OMC hunde sus raíces en una tradición propiciadora del consenso y la cooperación entre países soberanos. Más importante todavía, la OMC encarna derechos y obligaciones que se hacen cumplir no mediante el ejercicio bruto del poder económico, sino con el imperio de la ley. El éxito de nuestra nueva organización dependerá mucho de la labor que desarrollemos en los años venideros. Tenemos que consolidar lo que hemos alcanzado en la Ronda Uruguay y es preciso que acordemos un plan de trabajo para lo que queda del siglo, plan de trabajo en el que ya se pensó al final de la Ronda Uruguay en el llamado programa implícito. Es preciso que empecemos a afrontar los grandes desafíos económicos y geopolíticos que representa la mundialización, pero más todavía que un simple plan necesitamos una idea rectora. Esa idea es la realización del libre comercio mundial con la demolición de las últimas murallas del viejo orden económico. El objetivo de un comercio exento de obstáculos, cuyo logro se aceleró en la Ronda Uruguay mediante la ampliación de las negociaciones sobre la denominada propuesta cero por cero, se está alcanzando a nivel regional en el Mercosur, el TLC de América del Norte, el APEC, la Unión Europea y las muchas otras uniones aduaneras y zonas de libre comercio que se están difundiendo por todo el mundo. Éste es el momento de unir en una trama todos esos hilos dispersos. Valiéndonos de los calendarios que ya hemos establecido en los diversos acuerdos regionales, debemos avanzar hacia un mundo libre de fronteras económicas. La primera reunión ministerial de la OMC en Singapur será el primer gran paso que demos hacia la solución de esos problemas. Nos brindará además la oportunidad de proclamar que la OMC tiene la vista puesta en el futuro, que tenemos un plan de trabajo y que el camino que nace en Singapur está lleno de promesas. En Singapur no podemos permitirnos fracasar. Si no logramos el éxito, la tentación será volver los ojos al buen tiempo pasado -como quiera que lo definamos- y regresar a los viejos métodos y modelos de antaño. ¿Volveremos a los años anteriores a 1914 cuando el comercio mundial se asemejaba a una maraña de arreglos bilaterales imbricados y discriminatorios? ¿A los buenos tiempos de la ley Smoot-Hawley con sus aranceles prohibitivos y sus concesiones comerciales recíprocas? Fue justamente a causa de esos buenos tiempos -y del caos económico que les siguió- por lo que la comunidad de naciones, acabada la guerra, eligió una vía de progresiva liberalización del comercio en el marco de un sistema multilateral no discriminatorio. Pero lo peor para el que se viera tentado a refugiarse en aquellos buenos tiempos es que esos tiempos ya no existen. El proteccionismo en un mundo como el actual de tan gran interdependencia no es la receta que permitiría aliviar el dolor o cerrar el paso a la mundialización. Es la receta para agudizar el dolor y el sufrimiento y una senda que nos llevaría, no a los buenos tiempos soñados, sino a conflictos, violencias y guerras. Si la liberalización es un camino bien difícil de recorrer, el retorno del proteccionismo a contrapelo de la mundialización tendría unos costos imposibles de soportar. Dice Karl Marx en un famoso aforismo que los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su capricho. En parte, tenía razón. No podemos detener el futuro, pero tampoco debemos dejarnos arrastrar por él. La mundialización, como ya he dicho antes, es una realidad en marcha. Podemos elegir entre actuar sobre esa realidad, aprovechando su inmenso potencial, e intentar resistirnos a lo inevitable. La cuestión no está en la rapidez con la que avanzamos hacia una mayor mundialización, sino en si queremos que este proceso se desarrolle con arreglo a reglas del juego mutuamente aceptadas o según la ley de la selva de las políticas de poder (políticas que probablemente ya no se desplegarían en frentes nacionales, cualesquiera que sean las dimensiones de ese poder, sino en frentes regionales e incluso continentales). Ninguno de nosotros es ya tan grande y fuerte como para poder mantener su seguridad económica con una ley como la de la selva. Una mayor interdependencia significa que a todos -pequeñas y grandes potencias- nos interesa que el sistema no se salga de su carril. Lo que está en juego cuando contemplamos el futuro del sistema multilateral es mucho más que el comercio o la economía: es cuestión también de seguridad política y económica, de cómo se van a estructurar las relaciones entre los países y los pueblos, de si queremos promover la solidaridad internacional o caer en una espiral de fricciones y conflictos mundiales. Hace 50 años, en el crisol de la guerra y de la ruina económica, algunos hombres de estado apostaron por una comunidad libre de naciones que coexistieran en un mundo sin fronteras. Termina el siglo y el milenio y esa visión se está haciendo realidad. En el momento de la victoria, no perdamos la firmeza de nuestras convicciones. |
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