DISCURSOS - DIRECTORA GENERAL NGOZI OKONJO-IWEALA
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Excelencias, estimados Raghu, Minouche y Maury, señoras y señores, amigos:
Muchas gracias. Es un honor seguir la estela de anteriores conferenciantes de la Per Jacobsson Lecture, en especial coincidiendo con este 80º aniversario de la Conferencia de Bretton Woods.
Vivimos tiempos difíciles, algo que Per Jacobsson sabía muy bien. En lo que respecta al comercio, no son solo tiempos difíciles, sino también tensos. A veces se culpa al comercio de malos resultados que en realidad derivan de la política macroeconómica, tecnológica o social, de las que el comercio no es responsable.
Las políticas y herramientas comerciales se utilizan no solo para resolver problemas relacionados con el comercio, sino también para tratar de abordar problemas de seguridad y geopolíticos.
A medida que se generalizan las medidas unilaterales o las amenazas de adoptarlas, la política comercial se ha ido haciendo más restrictiva. En los últimos meses, los Estados Unidos, la Unión Europea, Türkiye y el Canadá han introducido nuevos aranceles y derechos compensatorios sobre los vehículos eléctricos y otros productos procedentes de China, incluido el acero. China ha respondido planteando diferencias en el marco de la OMC y adoptando medidas contra productos de la UE, como los productos lácteos, la carne de porcino y el brandy.
Estas figuran entre las más de 130 nuevas medidas restrictivas del comercio registradas por la Secretaría de la OMC desde principios de este año. Esta cifra representa un aumento del 8% respecto al número acumulado de medidas restrictivas introducidas entre 2009 y 2023 — más de 1.600 —, que el año pasado ya afectaban a más del 10% del comercio mundial de mercancías. Además, en el primer semestre de 2024 los Miembros de la OMC iniciaron 210 investigaciones en materia de medidas comerciales correctivas, casi tantas como en todo 2023. Aunque no todas ellas culminarán en la imposición de aranceles, las investigaciones tienen un efecto paralizador bien documentado en el comercio. Y aún no me he referido a las subvenciones.
Las fricciones se manifiestan en forma de diferencias comerciales. Seis de las ocho diferencias de la OMC iniciadas este año se refieren a las tecnologías verdes, en particular los vehículos eléctricos.
Espero que no estemos en un camino que nos conduzca de nuevo al tipo de desorden económico que hubo antes de Bretton Woods, un desorden al que siguieron el extremismo político y la guerra.
Las instituciones económicas multilaterales se crearon precisamente para evitar que estas circunstancias se repitieran. Hoy me preocupa que hayamos olvidado esta lección, que hayamos olvidado el bien que han hecho estas instituciones.
El abandono del legado de Bretton Woods, incluido el sistema de comercio, mermaría la capacidad del mundo, la colectiva y la nacional, para responder a los problemas que afectan a la vida de las personas y a las oportunidades a su alcance.
Argumentaré que hay un camino mejor: replantear el sistema mundial de comercio y el resto de la arquitectura económica multilateral para ayudarnos a afrontar los retos tecnológicos, ambientales, sociales y geopolíticos de nuestro tiempo. Para tener éxito, sus diversos componentes deben trabajar de forma concertada, una idea que hemos dado en llamar “coherencia”.
En el decenio de 1940, la idea general de coherencia era que, para promover el crecimiento, la prosperidad y la paz, el comercio, la financiación de la reconstrucción y la formulación de políticas monetarias debían estar en armonía entre sí, y tener su anclaje en las instituciones y normas de los distintos países.
Hoy en día, para conseguir mejoras duraderas en la vida y los medios de subsistencia de las personas es necesario que resolvamos los problemas que afectan a los bienes comunes.
La noción de coherencia entre las distintas esferas de política habría tenido sentido para Per Jacobsson. Sus convicciones sobre una financiación adecuada, y sobre su importancia para un crecimiento y una recuperación duraderos, se forjaron a partir de su propia experiencia. De joven, vio cómo la integración económica mundial se destruía en plena Primera Guerra Mundial. Desde su cargo en la Sociedad de Naciones en el decenio de 1920, fue testigo de los intentos fallidos de las principales economías de establecer una coordinación internacional eficaz de las finanzas y el comercio mundiales, un recuerdo que tiene hoy resonancias incómodas.
Sabemos lo que sucedió cuando llegó la recesión a finales del decenio. Surgieron círculos viciosos: de caída de la producción, de deflación, de crisis bancarias y financieras, de proteccionismo comercial y represalias, y de caos cambiario. Los países se replegaron en bloques económicos cada vez más aislados.
La experiencia de aquellos años quedó grabada a fuego en la conciencia de los funcionarios que se reunieron en Bretton Woods en julio de 1944. El Secretario del Tesoro estadounidense, Henry Morgenthau, inauguró la conferencia volviendo la vista hacia lo que denominó “la gran tragedia económica de nuestro tiempo”. Cito: “Vimos cómo los desórdenes monetarios se desarrollaban y propagaban de un sitio a otro, destruyendo la base del comercio internacional y de la inversión internacional, e incluso de la fe internacional. A su paso, vimos el desempleo y la miseria: recursos ociosos, riqueza malgastada. Vimos a sus víctimas caer presas, en algunos lugares, de demagogos y dictadores. Vimos cómo el desconcierto y la amargura se convertían en los engendradores del fascismo y, finalmente, de la guerra”.
Los frutos de Bretton Woods
La genialidad de Bretton Woods consistió en reconocer que la estabilidad macrofinanciera, la reconstrucción, el desarrollo y el comercio iban de la mano, lo que permitió convertir los círculos viciosos de los años treinta en círculos virtuosos.
En lugar de políticas de empobrecimiento del vecino, los países tratarían el comercio, las cuestiones monetarias e incluso las políticas macroeconómicas nacionales como asuntos de interés común.
En lugar de monedas excesivamente rígidas o de monedas que experimentaban fluctuaciones caóticas, habría una gestión ordenada y basada en normas de los tipos de cambio y los problemas de balanza de pagos.
En lugar de una inversión insuficiente, habría una financiación a largo plazo para la reconstrucción y la ampliación de la capacidad productiva.
En lugar de restricciones cuantitativas, aranceles prohibitivos y acuerdos bilaterales de compensación, se reducirían de manera coordinada los obstáculos al comercio, y habría libertad para efectuar pagos internacionales y transacciones por cuenta corriente.
La idea de coherencia en todos los ámbitos de las políticas, con el comercio como tema unificador, se incorporó al sistema desde el primer día. Promover el “crecimiento equilibrado del comercio internacional” figura en los mandatos fundacionales del FMI y del Banco Mundial no como un fin en sí mismo, sino como un medio para aumentar el empleo, la productividad y los ingresos.
La pata comercial del taburete, junto con el Banco y el FMI, debía ser la Organización Internacional del Comercio, pero encalló en el Congreso estadounidense. En 1947, un proceso de negociación paralelo se tradujo en el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, que en principio era temporal y no requería la ratificación del Congreso. Las sucesivas rondas de negociaciones del GATT redujeron sustancialmente los obstáculos al comercio. El creciente número de “partes contratantes” utilizó el GATT para resolver y evitar diferencias comerciales. En los años sesenta, el comercio mundial crecía más deprisa que la producción.
Los decenios que siguieron a Bretton Woods y al Plan Marshall fueron testigo de una impresionante recuperación de la devastación producida por la Segunda Guerra Mundial.
El fuerte crecimiento registrado en los decenios de 1950 y 1960 hizo que los ingresos per cápita de Europa Occidental y el Japón empezaran a converger con los de los Estados Unidos.
Las principales monedas europeas alcanzaron la plena convertibilidad en 1958, cuando Per Jacobsson dirigía el FMI.
Sin embargo, estos avances se limitaron en gran medida a los países industrializados.
La mayoría de los nuevos países en desarrollo independientes siguieron perdiendo terreno en términos relativos, mientras luchaban contra el deterioro de la relación de intercambio de sus productos básicos.
Sin embargo, unas cuantas economías pobres de Asia Oriental empezaron a intentar utilizar unos mercados exteriores cada vez más abiertos para promover un desarrollo impulsado por las exportaciones.
Discordancia y reinvención: los decenios de 1970 y 1980
La coherencia dio paso a la discordancia en el decenio de 1970, con las crisis del petróleo, la estanflación, la llegada de los tipos de cambio flotantes y una oleada de crisis de deuda en los mercados emergentes.
A mediados del decenio de 1980, el éxito de los llamados tigres asiáticos se había convertido en un ejemplo claro, inspirando a numerosos Gobiernos de países en desarrollo a pasar de estrategias de desarrollo orientadas al mercado interno a estrategias orientadas a la exportación.
En el plano internacional, la creciente frustración ante el proteccionismo ad hoc y los enfoques “a la carta” de las prescripciones del GATT generaron una demanda de una cooperación comercial más basada en normas.
Las negociaciones de la Ronda Uruguay, celebradas entre 1986 y 1994, ampliaron el alcance de las normas comerciales multilaterales para incluir los servicios y la propiedad intelectual, colmaron lagunas que existían desde hacía tiempo en relación con la agricultura y los textiles, y acabaron con gran parte del proteccionismo que había surgido en los años anteriores.
El GATT, nominalmente provisional, se transformó en la Organización Mundial del Comercio, con un mecanismo vinculante de solución de diferencias que mejoró la previsibilidad que ofrecía su conjunto de normas ampliado.
El preámbulo del Acuerdo de Marrakech por el que se establece la OMC abrió nuevas perspectivas para la Organización, definiendo su propósito como la utilización del comercio no solo para elevar el nivel de vida y crear empleo, sino también para promover el desarrollo sostenible - introduciendo así preocupaciones ambientales que no existían en el decenio de 1940.
El período de 1990 a 2020: un “período dorado de desarrollo económico”, pero con nubes en el horizonte
La Ronda Uruguay y el final de la Guerra Fría marcarían una segunda era de coherencia y círculos virtuosos en el sistema de comercio, el Banco Mundial y el FMI. Y esta vez, los beneficios se repartieron mucho más ampliamente entre países y personas.
La OMC se convirtió en un ancla para las reformas económicas orientadas hacia el exterior en muchos mercados emergentes y economías en desarrollo.
El comercio, cada vez más abierto y predecible, se convirtió en un motor más potente del desarrollo, la productividad, la especialización y las economías de escala.
La mejora de las políticas macrofinancieras impulsó el crecimiento — y los resultados comerciales — en muchos mercados emergentes y países en desarrollo. La mejora del capital humano y de las infraestructuras físicas también contribuyeron a ello.
El comercio y las modernas cadenas de suministro se convirtieron en poderosas fuentes de presiones desinflacionistas.
Las reformas orientadas al mercado en China, Europa del Este, la India y otras economías en desarrollo las incorporaron a una división del trabajo cada vez más mundial. El comercio se disparó, los ingresos aumentaron y la pobreza cayó en picado.
Entre 1995 y 2022, las economías de ingresos bajos y medianos casi duplicaron su participación en las exportaciones mundiales, al pasar del 16% al 32%, y el porcentaje de su población que subsistía con menos de 2,15 dólares EE.UU. al día disminuyó del 40% a menos del 11%. Más de 1.500 millones de personas salieron de la pobreza extrema.
Desde 1995, los ingresos per cápita en las economías de ingresos medianos y bajos casi se han triplicado, y los ingresos mundiales per cápita han aumentado aproximadamente un 65%.
Por primera vez desde la revolución industrial, que había tenido lugar dos siglos antes, los ingresos per cápita de los países ricos y pobres empezaron a converger.
Las ganancias de los países pobres no se produjeron a expensas de los ricos. Los investigadores del Peterson Institute for International Economics (PIIE), analizando lo ocurrido en los Estados Unidos desde 1950, han demostrado que en 2022 el comercio internacional impulsó la economía por el equivalente a 2,6 billones de dólares EE.UU., es decir, aproximadamente el 10% del PIB. Las ganancias del comercio serían aún mayores para las economías avanzadas pequeñas y abiertas.
En un artículo publicado este año en la revista Foreign Affairs, Dev Patel, Justin Sandefur y Arvind Subramanian describían el período comprendido entre 1990 y el comienzo de la pandemia de COVID-19 — cito textualmente — como “el período de mayor desarrollo económico de la historia”. Sostienen que el rápido aumento de las oportunidades comerciales fue “quizá el factor más importante” de la convergencia.
La investigación de nuestro nuevo Informe sobre el Comercio Mundial les da la razón: el ritmo de convergencia del nivel de renta de las economías de ingresos medianos y bajos está sorprendentemente correlacionado con su participación en el comercio mundial, medida por la relación entre el comercio y el PIB ajustada en función del tamaño. Nuestras simulaciones sugieren que la caída de los costos del comercio explica hasta un tercio de la convergencia.
Para ser sinceros, no fue un período dorado para todo el mundo. Los países en desarrollo con menor participación en el comercio o mayor dependencia de los productos básicos — principalmente en África, América Latina y el Caribe, y Oriente Medio — quedaron rezagados en esta convergencia de los ingresos. Y en algunos países ricos, muchas personas se sintieron abandonadas, y su frustración comenzó a avivar una reacción política contra del comercio.
La elaboración de normas multilaterales sobre el comercio empezó a tambalearse con el fracaso de las negociaciones de la Ronda de Doha de la OMC.
No obstante, en 2008 y 2009, cuando la economía mundial se enfrentó a su peor crisis financiera desde los años treinta, el sistema funcionó.
Los mercados internacionales permanecieron en términos generales abiertos. Las reglas y normas del sistema multilateral de comercio ayudaron a los Gobiernos a contener las presiones proteccionistas.
Junto con el apoyo fiscal y monetario, el comercio fue un poderoso amortiguador de las perturbaciones. Los países afectados por la crisis podían confiar en un acceso previsible a los mercados de otros países para absorber su exceso de oferta, lo que evitó consecuencias adversas en el crecimiento y el desarrollo.
La OMC, el Banco Mundial y el FMI también colaboraron productivamente en el nexo entre las políticas macroeconómicas y las microeconómicas.
Por ejemplo, cuando la financiación del comercio se agotó durante la crisis crediticia, a pesar de ser de muy bajo riesgo, las tres instituciones se unieron para alentar a los Miembros del G20 y a las instituciones financieras internacionales a intervenir con un programa de ayuda de 250.000 millones de dólares EE.UU.
Desde la crisis financiera, el sistema multilateral de comercio, en el que la OMC ocupa un lugar central, ha seguido generando beneficios económicos, a pesar del aumento de las tensiones geopolíticas y los aranceles entre los Estados Unidos y China, de la desactivación del Órgano de Apelación y de la imposibilidad de alcanzar acuerdos en negociaciones de larga duración, como las relativas a la agricultura. El comercio mundial siguió alcanzando nuevos máximos durante el decenio de 2010, y más del 75% del comercio mundial de mercancías continuó — y continúa hoy — funcionando sobre la base de las condiciones arancelarias básicas de la OMC.
En 2020, cuando estalló la pandemia de COVID-19, la mayoría de las normas y reglas del sistema multilateral de comercio cumplieron de nuevo su función. La confianza en el comercio se vio dañada por los errores iniciales, ya que los Gobiernos promulgaron restricciones a la exportación de suministros médicos y vacunas. Pero, en general, los Gobiernos se abstuvieron de un proteccionismo generalizado y permitieron que los alimentos y otros productos básicos circularan a través de las fronteras hasta llegar allí donde se necesitaban. El comercio mundial de bienes se recuperó considerablemente después de los confinamientos y pronto alcanzó nuevos niveles sin precedentes. Las cadenas de suministro transfronterizas producían los productos necesarios para luchar contra la pandemia, desde mascarillas hasta vacunas. El comercio de servicios digitales se disparó, impulsado por las mismas tecnologías que nos permitieron a muchos de nosotros trabajar desde casa.
El comercio de bienes y, sobre todo, de servicios, ha superado con creces los niveles anteriores a la pandemia de COVID-19. El comercio mundial alcanzó un valor casi sin precedentes de 30,4 billones de dólares EE.UU. el año pasado.
Replantear el sistema multilateral de comercio en un contexto de coherencia
Sin embargo, como vimos al principio, estos éxitos no evitaron los problemas a los que hoy nos enfrentamos en el comercio mundial. Aunque el comercio ha resistido en gran medida, actualmente se aprecian signos de fragmentación.
Así que no es difícil imaginar un retorno a los círculos viciosos: restricciones comerciales, pérdidas de eficiencia, crecimiento más lento, precios más altos, costos impuestos por el clima extremo y la inseguridad alimentaria, y frustración y rabia en la sociedad.
Permitir que los círculos viciosos se afiancen y que el mundo se fragmente en bloques comerciales aislados tendría costos. La OMC ha calculado pérdidas del PIB mundial a largo plazo del orden del 5% si el mundo se fragmentara en dos bloques comerciales afines. Las estimaciones del FMI son del orden del 7%. ¡No nos lo podemos permitir!
Y esta es la razón por la que debemos replantear el sistema multilateral de comercio para resolver los problemas contemporáneos y abordar las vulnerabilidades de nuestro tiempo.
Esto significa también replantear la coherencia. El comercio por sí solo fue insuficiente en 1944, y el comercio por sí solo es insuficiente para construir el mundo más seguro, sostenible e inclusivo al que aspiramos hoy. El camino a seguir en la esfera del comercio será cada vez más “la OMC y”, es decir, el comercio junto con otras cuestiones, y políticas que apoyen la visión original de coherencia y no hagan un uso indebido de las herramientas comerciales para coaccionar, como arma, o para socavar la competencia.
Nuestra asignatura pendiente desde 1944 quedó elegantemente ilustrada en una reciente entrada de blog del economista jefe del FMI, Pierre-Olivier Gourinchas, y su equipo.
Demostraron que el creciente y polémico superávit comercial de China, y el creciente déficit comercial de los Estados Unidos, son el resultado de fuerzas macroeconómicas internas, más que fruto de las políticas comerciales e industriales.
“Los superávits y déficits nacionales exigen soluciones nacionales”, argumentaron, proponiendo medidas de estímulo de la demanda en China y de consolidación fiscal en los Estados Unidos.
En cuanto a la preocupación por la política industrial, afirmaron que la respuesta adecuada era reforzar las normas de la OMC, no restringir el comercio.
Citaron el reciente examen de las políticas comerciales de China en la OMC, en el que se recogían nuevos datos sobre miles de millones de dólares en subvenciones destinadas al sector manufacturero, e instaron a China a ser más transparente respecto a sus subvenciones.
El blog muestra el mandato de coherencia en acción, pero también ilustra cómo, incluso hoy, el sistema mundial de comercio está pagando un precio por las deficiencias de la política macroeconómica.
Como dijo en 1987 Sylvia Ostry, una de mis predecesoras en este estrado, “la política comercial no puede sustituir a la macropolítica”.
Pasemos ahora al nuevo programa de comercio y examinemos tres ámbitos en los que las perspectivas de futuro para las personas y para el planeta exigen que el comercio se replantee y se complemente con otras políticas que actúen en la misma dirección.
En primer lugar, la agenda ambiental, sobre todo el cambio climático y el objetivo de reducir a cero las emisiones netas de carbono de aquí a mediados de siglo.
El comercio es indispensable para desplegar tecnologías con bajas emisiones de carbono a escala mundial. El comercio permite a los países compartir la carga de desarrollar nuevas tecnologías verdes. Las economías de escala y las presiones competitivas asociadas al comercio contribuyen a reducir los costos unitarios, lo que permite a las energías renovables ofrecer precios inferiores a los de las energías fósiles.
El comercio también nos permite aprovechar la “ventaja comparativa verde”, un concepto que nuestro economista jefe, Ralph Ossa, ha contribuido en gran medida a difundir. La idea es clara: del mismo modo que las personas y los países pueden obtener beneficios económicos especializándose en aquello en lo que son relativamente buenos, el mundo puede obtener beneficios ambientales si los países se especializan en actividades en las que son relativamente ecológicos.
Si los países que disponen de fuentes de energía limpia abundantes pueden producir más bienes y servicios de alto consumo energético, al tiempo que importan productos de bajo consumo energético de lugares donde la energía limpia escasea, y viceversa, las emisiones mundiales se reducen mucho más de lo que lo habrían hecho de no existir ese comercio. De hecho, las investigaciones de la Universidad de Zúrich sugieren que hasta un tercio de la reducción de las emisiones mundiales podría proceder de este tipo de especialización vinculada a la ventaja comparativa verde.
Como ha observado Ricardo Hausmann, de Harvard, transportar combustibles fósiles es barato, pero transportar energía eólica y solar no. Esto hace que partes de África, Asia Central y América Latina con un alto potencial de energía verde sean destinos atractivos para la inversión en industrias intensivas en energía, incluida la producción de hidrógeno verde.
La cooperación mundial para internalizar los costos del carbono incentivaría un abastecimiento más ecológico en todo el mundo. No obstante, ya estamos viendo movimientos en la dirección correcta, como en Kenya, que ha atraído una inversión de mil millones de dólares para crear un centro de datos de bajas emisiones de carbono alimentado con energía geotérmica.
Entre paréntesis, existe una dinámica similar para el agua, siempre que se valore correctamente. En un reciente informe de la Comisión Mundial sobre la Economía del Agua, organismo que copresido, se muestra que el comercio también permite promover la noción de ventaja comparativa hidrológica. El comercio puede ayudar a mitigar la escasez de agua, permitiendo a los países con abundantes recursos hídricos especializarse en la producción de bienes que requieren un consumo intensivo de agua para exportarlos a naciones donde escasea el agua. Ese comercio de agua virtual ofrece oportunidades de exportación de productos agropecuarios, por ejemplo, a aquellas regiones, incluidos los países africanos, que poseen recursos hídricos a nivel freático y recursos de tierras infrautilizados.
Pero así como la coordinación de las políticas ambientales podría acelerar la acción por el clima, la fragmentación de las políticas podría debilitarla. Existe un riesgo real de que las fricciones comerciales asociadas a la tarificación del carbono, las subvenciones verdes y otras políticas climáticas se conviertan en restricciones comerciales y represalias, perjudicando tanto a la reducción de emisiones como al comercio.
Deberíamos intentar evitar estas fricciones y diferencias estableciendo marcos comunes para el comercio y la política climática. El objetivo sería maximizar la reducción de emisiones y la innovación verde, minimizando al mismo tiempo los efectos negativos, las tensiones comerciales y el despilfarro de recursos públicos en carreras de subvenciones en las que la mayoría de los países ni siquiera pueden permitirse participar.
Con esta finalidad, la Secretaría de la OMC coordina un grupo especializado en la tarificación del carbono integrado por el FMI, el Banco Mundial, la OCDE, la UNCTAD y la CMNUCC, que está trabajando para desarrollar parámetros comunes de medición del carbono y, en última instancia, un marco de tarificación del carbono a nivel mundial que sirva de referencia a las políticas nacionales y contribuya a la interoperabilidad de los enfoques. También hemos aunado esfuerzos con el FMI, la OCDE y el Banco Mundial para explorar enfoques que mejoren la transparencia con respecto a las subvenciones. Y estamos trabajando con el sector del acero para ayudarle a promover la interoperabilidad en las normas de descarbonización, reduciendo los costos de transacción y facilitando el comercio y la inversión en acero ecológico.
La reforma de los más de 1,2 billones de dólares EE.UU. anuales de subvenciones directas a los combustibles fósiles, los 630.000 millones de dólares de ayudas a la agricultura causantes de distorsión del comercio y los 22.000 millones de dólares de subvenciones a la pesca perjudiciales (que el Acuerdo sobre Subvenciones a la Pesca de la OMC aborda) debería ser una obviedad. Algunos de los recursos liberados podrían destinarse a apoyar la innovación ecológica y una transición justa para los países pobres.
El segundo conjunto de oportunidades para el sistema multilateral de comercio está relacionado con la diversificación y descentralización de las cadenas de suministro, un proceso que hay que emprender de forma que participen los países y las comunidades que permanecen al margen de la división mundial del trabajo.
Unas redes de producción mundiales más diversificadas aumentarían la seguridad del abastecimiento en un mundo cada vez más expuesto a las perturbaciones, al tiempo que extenderían los beneficios del comercio a lugares y personas que no han recibido una parte suficiente de esos beneficios. Una mayor diversificación también contribuiría a rebajar la temperatura geopolítica en torno a las relaciones de la cadena de suministro, haciendo que fuese más difícil para algunos países utilizarlas como un arma.
Como dejaron bien claro la pandemia y la guerra de Ucrania, el exceso de concentración hace que las cadenas de suministro sean vulnerables en una situación de crisis.
El estallido de la pandemia de COVID-19 hizo pensar en el hecho de que el 80% de las exportaciones mundiales de vacunas procedían de solo diez países. Esto significaba que las restricciones a la exportación en unos cuantos países perturbaban gravemente el acceso mundial a las vacunas, especialmente en el caso de África, que dependía de las importaciones para el 99% de sus dosis.
La descentralización de las cadenas de valor y la creación de capacidad de producción farmacéutica en África y otras regiones de países en desarrollo, por ejemplo, reforzaría la base de suministro mundial en caso de futuras pandemias, además de integrar de manera más estrecha a esas regiones en el comercio mundial y hacerlas parte de un mundo más próspero y saludable.
Los minerales esenciales son otro sector en el que existen grandes oportunidades para mitigar la preocupación por el exceso de concentración en la minería y, especialmente, en la transformación, al tiempo que se estimula el crecimiento en los países en desarrollo.
Las exportaciones de minerales fundamentales para la transición hacia una economía con bajas emisiones de carbono, como el litio, el cobalto, el níquel y las tierras raras, han crecido rápidamente hasta alcanzar en 2022 un valor de 320.000 millones de dólares EE.UU., y se prevé que aumenten mucho más en los próximos años. África, por ejemplo, representa el 40% de las reservas mundiales estimadas de cobalto, manganeso y platino, y el 12% de las exportaciones mundiales de minerales esenciales, pero solo el 3,8% de las exportaciones de minerales elaborados.
Si invertimos en la transformación de estos minerales en las regiones donde se encuentran, como Asia Central y América Latina, podremos fomentar el valor añadido y la creación de empleo, y acabaremos con los estrangulamientos de la oferta que actualmente amenazan con frenar la transición hacia una economía con bajas emisiones de carbono.
Además, en la medida en que este proceso se alimente de hidrógeno verde y otros tipos de energía limpia, aprovecharía la ventaja comparativa verde que he mencionado antes y ayudaría así a las regiones en desarrollo a aumentar su participación en el comercio mundial.
Serían un crecimiento y un comercio verdes: la “reglobalización” que queremos.
Por último, hay ámbitos en los que el comercio transfronterizo está floreciendo, pero en los que se necesitan nuevas normas para fomentar la previsibilidad y reducir los obstáculos a la entrada para las empresas más pequeñas y las economías en desarrollo.
El segmento de mayor crecimiento del comercio internacional es el de los servicios transfronterizos prestados a través de redes informáticas. El comercio de servicios suministrados digitalmente, que van desde la transmisión de vídeos en línea hasta los servicios de consultoría prestados a distancia, se ha cuadruplicado desde 2005, y el año pasado alcanzó un valor de 4,25 billones de dólares EE.UU. Estos servicios se han convertido en un motor cada vez más importante de crecimiento y de creación de empleo.
La comercialización de la inteligencia artificial promete acelerar aún más el comercio digital. Un informe de la OMC de próxima publicación describe cómo la inteligencia artificial podría reducir los costos del comercio y de las transacciones, mejorar la logística de las cadenas de suministro y modificar las ventajas comparativas de los países.
Siempre digo que el futuro del comercio es digital, pero también podría serlo el del proteccionismo. Las importaciones de servicios digitales podrían llegar a ser tan polémicas o más de lo que lo han sido las importaciones de productos manufacturados, e invitar a crear obstáculos digitales que son incluso más sencillos de implantar que los que afectan al comercio de bienes físicos.
Establecer algunas normas básicas para el comercio digital reduciría los riesgos de que se produzcan tales retrocesos. Los cerca de 90 Miembros que participan en las negociaciones plurilaterales sobre comercio electrónico en la OMC están ahora tratando de cerrar la primera fase de un un acuerdo sobre una serie de medidas prácticas para facilitar el comercio digital, desde normas comunes para las firmas y pagos electrónicos hasta el comercio sin papel y la protección de los consumidores. Las cuestiones más difíciles, como los flujos de datos transfronterizos, un elemento esencial para la inteligencia artificial, se abordarán en una segunda fase de negociaciones.
Establecer este programa para el futuro implicará reforzar todas las funciones de la OMC: supervisión y transparencia, negociaciones y solución de diferencias.
Por lo que respecta al mecanismo de solución de diferencias, estamos trabajando en su reforma. El proceso de reforma cuenta con un amplio apoyo y las conversaciones avanzan, incluso en cuestiones como el examen en apelación y la accesibilidad para garantizar que los países en desarrollo puedan utilizar el sistema. El tratamiento de las excepciones por motivos de seguridad nacional es una cuestión delicada, ¡y va a costar trabajo!
Tendremos que negociar y aplicar nuevas normas en ámbitos importantes como el medio ambiente. Algunos Miembros están mostrando el camino: Nueva Zelandia, Costa Rica, Suiza e Islandia han acordado recientemente liberalizar el comercio de una lista de cientos de bienes ambientales, y están intentando que otros países se unan a ellos.
Estamos trabajando para incorporar un Acuerdo sobre Facilitación de las Inversiones para el Desarrollo, negociado por tres cuartas partes de nuestros Miembros, al conjunto de normas de la OMC. Este acuerdo, al simplificar los procedimientos relacionados con la inversión y eliminar trámites burocráticos, ayudará a las economías en desarrollo a atraer IED.
Además, tendremos que examinar las normas existentes para hacer que se adecúen a sus fines. En lugar de que los Miembros den vueltas en torno a nuestro Acuerdo sobre Subvenciones y Medidas Compensatorias para introducir políticas industriales, sería mejor actualizar este acuerdo. En realidad, se remonta a 1994, siete años antes de que China ingresara en la OMC [una época en la que las preocupaciones climáticas apenas figuraban entre los temas de interés y la opinión generalizada era que las empresas estatales eran una reliquia de una época pasada]. Los Miembros podrían decidir dar cabida a la concesión de subvenciones para facilitar la transición verde. Unas normas básicas comunes ayudarían a minimizar los efectos negativos y las tensiones comerciales asociadas, y maximizarían la eficiencia en el uso de los recursos públicos.
Excelencias, señoras y señores, quisiera concluir
señalando lo que dije al comienzo: vivimos tiempos tensos para el comercio. Hay dinámicas políticas que escapan a nuestro control. Pero podemos tratar los retos a los que nos enfrentamos como oportunidades para replantear el sistema mundial de comercio.
Podemos aumentar la resiliencia mundial y, al mismo tiempo, hacer que el sistema apoye en mayor medida el crecimiento inclusivo y la sostenibilidad ambiental.
Podemos hacer que las normas comerciales existentes se adapten mejor a su finalidad, en lugar de desviarnos de ellas o incumplirlas, y podemos hacer que las nuevas normas se adapten a los nuevos tiempos.
Podemos ayudar a los países en desarrollo que han quedado rezagados por la reciente ola de integración económica mundial.
Podemos lograr una interdependencia sin una dependencia excesiva.
Aunque nada es fácil en la OMC, estamos avanzando en la dirección correcta. Gestionaremos lo que podamos gestionar. Controlaremos lo que podamos controlar. Pero necesitamos su ayuda.
En los últimos ocho decenios, la arquitectura económica multilateral, incluido el sistema de comercio, ha aportado mucho al mundo. Ya lo hemos replanteado en ocasiones anteriores. Podemos hacerlo de nuevo, por las personas y por el planeta.
Nelson Mandela escribió en una ocasión que “después de escalar una montaña muy alta, descubrimos que hay muchas otras montañas por escalar”. Les pido que escalemos estas montañas juntos.
Muchas gracias.
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