WTO NOTICIAS: DISCURSOS — DG PASCAL LAMY

Globalización de las cadenas productivas industriales y medición del comercio internacional en valor añadido


> Discursos: Pascal Lamy

  

Señor Arthuis, Presidente de la Comisión de Finanzas del Senado,
Señoras y señores representantes del Gobierno y de las instituciones de la República Francesa,
Señoras y señores Embajadores y representantes de los Miembros y Observadores de la OMC,
Señoras y señores expertos invitados,
Señoras y señores:

Es para mí un gran honor estar aquí con ustedes para inaugurar conjuntamente con mi amigo Jean Arthuis esta conferencia cuyo tema me apasiona particularmente.

Debe ser poco frecuente que el Senado acoja en el esplendor de sus salas un seminario de estadística. Es la primera vez que se reúne aquí un grupo como éste para analizar los aspectos estadísticos del comercio exterior a la luz de los nuevos desafíos que genera la globalización, y agradezco al Senado que haya sabido valorar la importancia de la ocasión. Desafíos para los estadísticos, pero también — y sobre todo — para los dirigentes encargados de decidir las políticas nacionales e internacionales.

La dirección de los asuntos públicos y las estadísticas oficiales avanzan juntas desde hace largo tiempo. Al principio, el objetivo era hacer un inventario de las riquezas del Príncipe, en una economía fundamentalmente agraria. La elaboración de estadísticas ha evolucionado de acuerdo con las necesidades, en una economía que se ha hecho cada vez más compleja tras la revolución industrial y el advenimiento de una sociedad de servicios —productos intangibles de la actividad humana que no dan dolores de cabeza sólo a los estadísticos sino también a los negociadores comerciales —. Con todo, las cuentas públicas siguen basadas en la idea de un inventario de lo que es “nuestro” y lo que es “de ellos” (lo que, en lenguaje técnico, se traduce en los conceptos de residente y no residente, para determinar el balance financiero de un país: su balanza de pagos).

Si las necesidades de la política económica y social cambian, las estadísticas deben adaptarse y en ocasiones lo hacen con retraso. Hizo falta la crisis de 1929 para que la contabilidad nacional, inventada por los fisiócratas en el siglo XVIII, se impusiera, tras la Segunda Guerra Mundial, como el marco central de referencia económica, tanto para los dirigentes como para los estadísticos. Al mismo tiempo, se pusieron a disposición de los analistas mejores instrumentos estadísticos para someter a prueba sus teorías y proponer otras nuevas. Los avances del análisis guían los pasos de los estadísticos y, a su vez, los estadísticos corrigen y modifican la percepción de los fenómenos económicos y sociales y hacen así posibles nuevas interpretaciones dentro del marco teórico.

Tal vez no sea casual que la reciente crisis mundial, de una amplitud nunca vista desde la Gran Depresión, haya redoblado el interés de los analistas por mejorar los instrumentos estadísticos en que se apoyan los Estados para analizar la coyuntura y extraer las consecuencias para adoptar las políticas adecuadas.

Cuando la estadística se apoya en los avances del análisis para mejorar sus cifras y los dirigentes políticos utilizan esos avances para orientar sus decisiones, el debate público se enriquece. Con frecuencia, estas mejoras estadísticas son progresivas y se logran mediante una mayor precisión de los conceptos, una mayor eficiencia de los métodos y un mayor esfuerzo en la elaboración de los datos.

En el caso de la cuestión que hoy nos ocupa, se trata más bien de acometer un salto cuántico para abordar desde una perspectiva nueva dos conceptos fundacionales de las estadísticas del comercio internacional y la balanza de pagos. Me refiero a la idea del país de origen, por un lado, y a la oposición residente/no residente, por otro.

Cuando, en el siglo XIX, Ricardo elaboró lo que serían los fundamentos de la teoría del comercio internacional, los países exportaban lo que producían. De hecho, la revolución industrial nació en los países que disponían de minas de carbón y de hierro. Un contratista portugués que importaba una locomotora a vapor de Inglaterra sabía que, desde el acero de las ruedas hasta los instrumentos para medir la presión de la caldera, venían del Reino Unido. Del mismo modo, un club inglés que importaba vino de Oporto para sus miembros tenía la certeza del origen portugués de la bebida.

El origen del vino de Oporto sigue siendo hoy en día Portugal. Gracias a los avances en las denominaciones de origen controladas, el importador inglés de nuestro siglo XXI está incluso más seguro de ello que su abuelo del siglo XIX. Por el contrario, el concepto de país de origen en el caso de los productos manufacturados ha quedado cada vez más obsoleto a medida que las diversas operaciones de concepción, fabricación de componentes, montaje y comercialización se han dispersado por el mundo, dando lugar a cadenas de producción internacionales. Hoy los productos son cada día más “Made in the World”, y ya no “Made in the UK” o “Made in France”.

Dirán ustedes que son más bien, “Made in China”.

Eso es lo que muchos piensan, pero se equivocan. El producto supuestamente “Made in China” está sin duda montado en China, pero lo que da valor comercial a la mercancía procede de numerosos países que han precedido al montaje en China en la cadena de valor global, desde la concepción del producto hasta la fabricación de los distintos componentes y la organización del soporte logístico de toda la cadena. Ahora, la producción de bienes y servicios ya no puede considerarse “monolocal”, sino “multilocal”. La idea de “deslocalización”, que tenía sentido en el pasado cuando un bien o un servicio se producían en un solo lugar, pierde también gran parte de su significado. Si deslocalizo un segmento de la cadena de producción para beneficiarme de las economías de escala, y si otros localizan sus segmentos de producción en mi territorio por el mismo motivo, la repercusión en mi valor añadido total, es decir — grosso modo —, en mi empleo, puede ser neutra, negativa o positiva. Es entonces ese saldo lo que hay que analizar ahora con precisión. Desde esta perspectiva, seguir basando las decisiones de política económica en estadísticas incompletas puede dar lugar a análisis erróneos y por ende a malas soluciones.

Por ejemplo, cada vez que los Estados Unidos importan un iPod, el valor declarado en aduana (150 dólares) se imputa íntegramente como importación procedente de China, e incrementa así un poco más el desequilibrio comercial entre los dos países. Ahora bien, si se considera el origen nacional del valor añadido incorporado en esa importación, se observa que una parte importante corresponde a una reimportación procedente de los Estados Unidos y que el resto debe imputarse al saldo bilateral con el Japón o con Corea, en función de la contribución de estos países al valor añadido. En realidad, según investigadores estadounidenses, de esos 150 dólares, menos de 10 proceden efectivamente de China: el resto no es sino reexportación. En esas circunstancias, una revaluación del yuan — tema de moda favorito — sólo tendría un pequeño impacto en el precio de venta del producto final, y no es probable que vaya a devolver la competitividad a los productos competidores fabricados en otros lugares.

El sesgo estadístico que genera la imputación de la totalidad del valor comercial al último país de origen puede falsear igualmente el debate político sobre el origen de los desequilibrios y hacer que se tomen decisiones mal fundamentadas y por lo tanto contraproducentes. Volviendo al caso paradigmático del déficit bilateral entre China y los Estados Unidos, una serie de cálculos basados en el contenido nacional real lo reducen a la mitad, o incluso a menos.

Hay también otras cifras que confirman esta impresión cuando se acepta “desbilateralizarlas”: Si se observa el déficit comercial de los Estados Unidos con Asia, en lugar del déficit bilateral de los Estados Unidos con China, no se puede dejar de constatar su notable estabilidad en los últimos 25 años, en torno al 2 o el 3 por ciento del PIB de los Estados Unidos.

Por lo que respecta a la repercusión en el empleo — tema candente, y con buen motivo, en estos tiempos de crisis —, el balance también puede resultar sorprendente. Volviendo al caso del iPod, en otro estudio de los mismos autores se estima que su fabricación daba lugar a 41.000 empleos a escala mundial en 2006; de ellos, 14.000 estaban localizados en los Estados Unidos y, entre estos últimos, 6.000 correspondían a especialistas. Los trabajadores estadounidenses, mejor cualificados y mejor pagados, percibían más de 750 millones de dólares, mientras que los trabajadores residentes en otros países recibían sólo 320 millones, menos de la mitad.

En este ejemplo, los estudios de casos muestran que el país que innova percibe la mayor parte de los beneficios, mientras que las estadísticas tradicionales se concentraban en el último eslabón de la cadena que, en última instancia, resulta ser el que menos recibe. No quiero decir con esto que siempre es así y que las deslocalizaciones crean siempre más empleos de los que destruyen. Por lo demás, sin duda tendrán ustedes ocasión de debatir esta cuestión.

Sólo quiero poner de manifiesto las paradojas y los malentendidos que surgen cuando se miden fenómenos nuevos con métodos antiguos. Los especialistas en estudios estadísticos saben bien que “si se pregunta a la persona inadecuada, se obtiene la respuesta inadecuada”. Del mismo modo, si se analiza un fenómeno con “unidades de medida” inapropiadas, se extraerán conclusiones erróneas.

Como se subrayó en el estudio sobre la medición de los intercambios exteriores de Francia publicado por el Senado en 2009 — cito textualmente —, “la medición tradicional de los intercambios exteriores ya no puede explicar por sí sola cómo [el país] se inserta en la economía mundial”. Ha llegado entonces la hora de explorar caminos nuevos a fin de que los sistemas contables y estadísticos puedan tener en cuenta la nueva geografía de los intercambios internacionales en una economía que, como dice el estadounidense Tom Friedman, se ha aplanado bajo el efecto de la globalización y de la internacionalización de las relaciones productivas. En el mundo de hoy, la vieja noción mercantilista de “nosotros” contra “ellos”, de “residente” contra “el resto del mundo”, ha perdido gran parte de su sentido.

Querría, sin embargo, decir a los estadísticos presentes, a fin de evitar cualquier malentendido sobre los objetivos de la OMC en esta nueva vía de investigación, que no se trata en ningún caso para nosotros de “deconstruir” el sistema estadístico nacional e internacional, ni de “desplazar” determinados elementos de ese sistema. Muy al contrario, se trata de “reemplazar” y de “reorganizar” en un contexto más integrado las informaciones que ahora están dispersas en diferentes subsectores separados de los sistemas estadísticos actuales. Si bien hoy cabe decir que el concepto de residente/no residente ha perdido parte de su pertinencia para comprender la realidad microeconómica de las cadenas de valor mundiales, no deja de ser cierto que el concepto de territorio nacional sigue siendo el ámbito privilegiado de la política pública. Del mismo modo, las cuentas nacionales deben seguir siendo el gran marco unificador de los diferentes submódulos estadísticos.

El desafío sigue siendo hallar la conexión estadística adecuada entre las diferentes cuentas nacionales a fin de representar correctamente las interacciones internacionales surgidas de la globalización y facilitar el diálogo entre los dirigentes, superando las fronteras nacionales. Ese trabajo de reconstrucción en que se integren de manera más estructural las estadísticas nacionales del comercio, la industria y el empleo en una visión globalizada debe apoyarse evidentemente en una mayor cooperación estadística entre los organismos multilaterales. Hay que subrayar a este respecto el papel de coordinación que deben cumplir organismos como la OCDE, Eurostat, los organismos especializados de las Naciones Unidas y el Fondo Monetario, sin olvidar a la OMC, en este proyecto de refundición.

Para concluir, quiero dar una vez más las gracias a la Comisión de Finanzas del Senado por haber tomado la iniciativa de organizar esta conferencia y al conjunto de los participantes por haber aceptado compartir con nosotros sus conocimientos y su experiencia. Basta consultar la lista de oradores para saber que el debate será de alto nivel científico y técnico. La reputación de los debates de la ilustre institución que nos acoge garantiza que las propuestas técnicas de alta calidad caerán en oídos políticos atentos y capaces.

Quiero, por último, hacer llegar un saludo cordial a los representantes que han respondido a la invitación conjunta del Senado y la OMC, en particular a los representantes de las misiones permanentes y de los observadores que han viajado para esta ocasión desde Ginebra o desde sus respectivas capitales. Su presencia demuestra su interés por esta reflexión, crucial para comprender el comercio internacional de hoy, y tengo la certeza de que la labor que realizarán ustedes aquí, en el Senado, contribuirá a iluminar nuestro debate en Ginebra.

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