DISCURSOS — DG ROBERTO AZEVÊDO

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Observaciones del DG Azevêdo

Introducción

Buenas tardes a todos, y gracias al Instituto Peterson por su amable invitación. Es un placer estar aquí.

Corren tiempos extraños en el comercio mundial.

Las certidumbres de antes ya no sirven.

Tomé conciencia de eso la semana pasada al ver unas imágenes en que unos activistas del Reino Unido enarbolaban pancartas en que se leía "I love the WTO" ("Amo la OMC").

Naturalmente, eso no es más que una rareza surgida en el contexto del debate sobre el Brexit, pero, para aquellos de nosotros que nos acordamos de Seattle, ilustra el hecho de que nos encontramos en territorio desconocido.

Las políticas comerciales están cambiando. Las perspectivas están cambiando. Y el sistema internacional de comercio también está cambiando.

Quiero compartir algunas de mis opiniones sobre este proceso de cambio y adónde puede llevarnos.

Para empezar, examinemos el estado actual del comercio y la cooperación económica mundial.

La situación del comercio mundial

Está claro que el nivel de tensión sigue siendo elevado, en particular entre los Estados Unidos y algunos de sus principales asociados comerciales.

El año pasado se comenzó a aplicar una serie de nuevos aranceles a las mercancías más comercializadas.

Los Miembros de la OMC impusieron el año pasado medidas restrictivas al comercio por un valor de unos USD 580.000 millones, cifra que supera en más de siete veces la del año anterior.

Y eso está afectando al crecimiento del comercio.

La semana pasada publicamos nuestras previsiones.

En 2017 el crecimiento del comercio se situó en un 4,6%. En ese momento pensamos con optimismo que se estaba recuperando el dinamismo y el impulso del comercio mundial. Pero eso no se ha hecho realidad.

En 2018 el comercio no registró resultados tan buenos, pues el crecimiento se cifró en un 3%; en el último trimestre se produjo la mayor caída en 10 años.

Y para 2019 prevemos unos resultados modestos: un crecimiento de solo el 2,6%.

Estas cifras no deberían sorprender a nadie. El hecho es que, con unos niveles de incertidumbre tan altos, el comercio no puede desempeñar plenamente su función de impulsor del crecimiento del PIB. Una mayor incertidumbre significa una menor inversión y un menor consumo. La inversión, en concreto, tiene un efecto más acusado en el comercio, lo cual queda reflejado en estas cifras.

Podría haber una leve mejoría en 2020, pero eso depende, al menos en parte, de que se atenúen las tensiones comerciales.

Es importante reconocer que esas tensiones no han surgido de la nada. Las alimentan las inquietudes y preocupaciones de los ciudadanos de todo el mundo.

Los trabajadores padecen las secuelas residuales de la crisis de 2008 y las consecuencias de la Cuarta Revolución Industrial, que está transformando el mercado de trabajo. Estas fuerzas, combinadas, están generando una pronunciada sensación de miedo e incertidumbre en cuanto al futuro y eso ha contribuido a su vez a intensificar el rechazo al comercio e, incluso de forma más general, a lo extranjero.

A este respecto, un elemento importante es la percepción de que el comercio está eliminando puestos de trabajo y llevándoselos al extranjero. En realidad, la principal fuerza impulsora de la pérdida de empleo no es el comercio, sino la innovación y la mayor productividad posibilitada por la tecnología.

Pero, sean cuales sean las causas, está claro que la gente tiene la sensación de que se queda atrás por no poder seguir el ritmo de los cambios económicos. Y eso ocurre pese a que esta economía moderna está creando más puestos de trabajo de los que destruye. Así pues, el problema no reside tanto en la pérdida de empleos como en la falta de cualificación profesional para ocupar los nuevos puestos.

Ante eso es necesario adoptar medidas concretas en el ámbito de las políticas internas para ayudar a los trabajadores a adaptarse. Los Gobiernos están tratando de responder a esto a su manera.

Pero no se podrá ayudar a nadie si se ponen obstáculos al comercio.

El comercio forma parte de la solución.

Ha ayudado a crear un mundo más próspero y debemos asegurarnos de que siga siendo así, de una manera aún más inclusiva. Si el sistema de comercio necesita evolucionar para conseguirlo, tendrá que evolucionar. Dentro de un momento volveré sobre este punto.

Evidentemente hay importantes desafíos que afrontar. Debemos encauzar el comercio en una dirección más positiva. Pero seré claro: también se observan señales alentadoras.

Nos llegan informes positivos sobre los avances en las conversaciones entre los Estados Unidos y China.

Al mismo tiempo, se han producido avances en numerosos acuerdos nuevos.

Tenemos, cómo no, el Tratado entre México, los Estados Unidos y el Canadá, que se encuentra ahora en proceso de ratificación.

Y otros varios acuerdos importantes han entrado en vigor recientemente, o están a punto de hacerlo, por ejemplo, el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico, el Acuerdo de Asociación Económica entre el Japón y la UE y la Zona de Libre Comercio Continental Africana.

Además, en la OMC hay mucha actividad en diversas esferas. Nos proponemos ultimar -como muy tarde en diciembre- un acuerdo para reducir las subvenciones causantes de sobrepesca. En enero, un grupo compuesto por más de 70 Miembros de la OMC se comprometió a poner en marcha negociaciones sobre el comercio electrónico. Y en Ginebra están sucediendo muchas más cosas.

Al hilo de esto, hablaré ahora de la situación en la OMC.

La situación en la OMC

Todos los desafíos que he señalado hasta el momento se reflejan en Ginebra.

Los Gobiernos -incluido el estadounidense- están presentando sus diferencias y discrepancias ante la OMC. Estamos haciendo cuanto podemos a través del sistema para contribuir a atender las preocupaciones de los Miembros y reducir las tensiones con carácter de urgencia.

Algunos ven la reforma de la propia OMC como un paso importante para resolver algunos de esos problemas, algunas de esas tensiones comerciales.

Los líderes del G-20 formularon una firme declaración al respecto en su cumbre del pasado mes de diciembre. En la Declaración de los Líderes, se pidieron "reformas necesarias" en la OMC, a la vez que se reconoció la importante aportación del sistema multilateral de comercio. He asistido ya a seis cumbres del G-20 como Director General de la OMC, y les aseguro que ha habido un verdadero cambio de tono.

De una posible crisis empieza a surgir una oportunidad única para renovar el sistema de comercio. Eso tiene que ser algo positivo.

Detrás de estos debates hay un auténtico impulso. A algunos les preocupa la dirección que puedan tomar esas conversaciones. Pero la inacción pondría en peligro la pertinencia o incluso la existencia del sistema tal como lo conocemos.

Así pues, existe una verdadera energía para impulsar la reforma, pero eso nos lleva a la pregunta más difícil: ¿en qué consiste la reforma? En estos momentos, nadie lo sabe: no hay una única respuesta a esa pregunta.

El debate sobre la reforma de la OMC

A juzgar por mis conversaciones con los Miembros, pienso que hay unos cuantos principios generales.

En primer lugar, sean cuales sean las medidas concretas que los Miembros quieran adoptar, está claro que la OMC tiene que ser mejor y más rápida, y ofrecer mejores respuestas.

En segundo lugar, nadie está hablando de desmantelar lo que tenemos. Los Miembros están centrándose más bien en adoptar medidas necesarias, prácticas y concretas cuyos efectos se reflejen rápidamente en forma de avances en nuestra labor.

En tercer lugar, los Miembros no están hablando de agrupar todo en una especie de nuevo paquete. En lugar de eso, debemos cosechar lo que podamos, cuando podamos, y seguir adelante.

Ese es, pues, el enfoque general.

En cuanto a las cuestiones de fondo, pienso que las conversaciones de los Miembros se dividen en tres amplias esferas:

La primera guarda relación con el modo de fortalecer la labor de los órganos y los comités ordinarios de la OMC para mejorar cuestiones como las notificaciones y la transparencia.

La segunda esfera que los Miembros están examinando es cómo mejorar el sistema de solución de diferencias y abordar el punto muerto en el proceso de nombramiento de los nuevos Miembros del Órgano de Apelación.

Nuestra labor en el ámbito de la solución de diferencias es un pilar fundamental de la Organización y de la economía mundial.

Esa labor contribuye a despolitizar las cuestiones centrándose en los elementos técnicos, y por consiguiente contribuye a disipar las tensiones. Por eso mismo, en los últimos dos decenios nunca ha sido tan intensa como ahora.

Encontrar una solución con carácter de urgencia en esta esfera es absolutamente esencial para el sistema.

La tercera esfera que los Miembros están examinando es cómo mejorar las negociaciones en la OMC para que podamos seguir concertando nuevos acuerdos con efectos económicos reales.

En la OMC, las negociaciones estuvieron estancadas durante muchos años.

Volvimos a arrancar en 2013, y en los años posteriores concertamos una serie de acuerdos importantes, como el Acuerdo sobre Facilitación del Comercio y el Acuerdo sobre Tecnología de la Información ampliado, y convinimos en eliminar las subvenciones a las exportaciones de productos agropecuarios. Ahora estamos trabajando para poner todo ello en aplicación.

También seguimos trabajando en cuestiones de larga data en las que, como se ha visto, ha sido más difícil realizar avances, entre ellas la agricultura, la seguridad alimentaria, la reglamentación nacional de los servicios y el desarrollo.

Como he dicho antes, los Miembros también están negociando un acuerdo sobre las subvenciones a la pesca. Esta es una labor de suma importancia, y estamos haciendo todo lo posible para cumplir el plazo fijado, que es finales de 2019.

A pesar de todo esto, reconozco la frustración que muchos han sentido, así como la necesidad de acelerar las cosas. El multilateralismo no debe ser sinónimo de parálisis.

Y esa frustración se está traduciendo ahora en acción. Los Miembros están dialogando en la OMC de maneras distintas, más flexibles y creativas.

Ese parece ser un camino obvio para un sistema compuesto de 164 Miembros de distintos tamaños y distintos niveles de desarrollo, y con prioridades distintas.

En nuestra Conferencia Ministerial de 2017, determinados grupos de Miembros de la OMC anunciaron lo que denominan 'iniciativas conjuntas' para llevar a cabo debates sobre diversas esferas que revisten cada vez más importancia económica.

Entre ellas se incluyen:

  • el comercio electrónico,
  • las pequeñas y medianas empresas,
  • la facilitación de las inversiones,
  • y también el empoderamiento económico de las mujeres.

No todos los Miembros de la OMC participan en esas iniciativas. Pero están abiertas a todos aquellos que deseen sumarse. Y las iniciativas están cobrando impulso.

Veamos, por ejemplo, la Iniciativa Conjunta sobre el Comercio Electrónico que he mencionado antes.

La han suscrito 77 Miembros de la OMC, que representan el 90% del comercio mundial.

El grupo incluye a los Estados Unidos, China, la UE y otros países del mundo, grandes y pequeños, desarrollados y en desarrollo.

Juntos están preparando el terreno para la puesta en marcha de las negociaciones sobre las nuevas normas y disciplinas en materia de comercio electrónico en el marco de la OMC.

Esto reviste una importancia real, no solo desde el punto de vista económico, sino también desde el punto de vista sistémico. Los Miembros están buscando formas innovadoras de lograr resultados a través de la OMC. Se trata de una revolución silenciosa en nuestros métodos de trabajo.

Necesitamos que este proceso de fortalecimiento y mejora de la OMC dé frutos, porque necesitamos que funcione el comercio.

El sistema basado en normas

El comercio es importante para todos nosotros. De hecho, en mi opinión, el mundo necesita las contribuciones y los análisis de instituciones como el Instituto Peterson para defender esta idea y ayudarnos a comprenderla mejor. La labor que ustedes llevan a cabo tiene un valor extraordinario.

Sé que no necesito enumerar aquí los beneficios del comercio. Pero permítanme hacer un breve resumen:

  • El comercio ayuda a los consumidores porque abarata los precios en los estantes. Permite ofrecer una mayor selección de productos y establecer lazos con otras culturas.
  • Ayuda a crear puestos de trabajo, y además puestos de trabajo que, por lo general, están mejor remunerados.
  • Crea oportunidades para la venta de bienes y servicios en el extranjero.
  • Aumenta el suministro de insumos asequibles y de buena calidad para las ramas de producción nacionales.
  • Sirve de base a un crecimiento más sólido, estable y sostenible.
  • Por medio del comercio, se globalizan las expectativas del consumidor, que espera lo mejor que el mundo tiene que ofrecer. Y lo mismo puede aplicarse a las empresas.
  • Una economía realmente eficaz y competitiva debe estar expuesta a las últimas tecnologías y la competencia mundial.

Quiero dejar bien claro a qué me refiero con esto.

Cuando afirmo que el "comercio" aporta esos beneficios, no me refiero a un libre comercio sin límites. Tampoco sostengo que el libre comercio sea una poción mágica que, por sí sola, cure todos los males de la economía.

Pero sí tengo la firme convicción de que necesitamos un comercio basado en normas.

Si la OMC fuera un acuerdo de libre comercio, habría bastado una sola hoja para redactarlo; no se habrían necesitado las miles y miles de páginas que constituyen nuestras normas y compromisos.

Y no se trata de normas caídas del cielo; son acuerdos y compromisos que los Gobiernos negocian entre sí y a los que se adhieren libremente, sobre la base de intereses comunes.

Las naciones necesitan un medio para cooperar en lo relativo a las cuestiones comerciales y para velar por que los demás se atengan a las normas acordadas. Y para eso necesitan un foro. Eso es lo que proporciona la OMC.

Podemos debatir sobre los detalles y sobre cómo podrían cambiar y mejorar las cosas, y eso hacemos.

Pero pienso que nadie puede dudar de que este sistema es necesario.

Imaginemos un mundo sin normas comerciales: un mundo sin la OMC …

  • Se podrían aumentar los aranceles sin restricciones y sin previo aviso.
  • Se podrían volver a aplicar prácticas obsoletas, como los contingentes y las subvenciones a la exportación.
  • No existirían disciplinas comunes sobre las subvenciones, sobre los servicios o sobre la propiedad intelectual, ni foro alguno en el que plantear quejas y solucionar las diferencias.
  • Las empresas deberían hacer frente a un clima de incertidumbre. La inversión disminuiría, el comercio disminuiría, el crecimiento disminuiría y se destruirían puestos de trabajo.
  • Algunos conflictos técnicos menores degenerarían rápidamente en guerras comerciales. Y las guerras comerciales serían una amenaza para la estabilidad política.

Por lo que yo sé, nunca se ha realizado un estudio exhaustivo para establecer cómo sería el mundo sin el sistema de comercio basado en normas.

Nuestros economistas han evaluado las repercusiones de una guerra comercial total a nivel mundial. Han analizado los posibles efectos que tendrían los aranceles si, en lugar de fijarse en cooperación en el marco de la OMC, se determinaran de manera unilateral. En una situación así, se reduciría en alrededor de un 17% el crecimiento del comercio mundial y en cerca de un 2% el crecimiento del PIB mundial. Estas pérdidas son de una magnitud similar a las que causó la crisis financiera de 2008.

Y, sin embargo, esa situación es mucho menos negativa que un mundo sin la OMC.

Conclusión

La OMC representa 70 años de esfuerzos, cooperación y confianza acumulados.

Es insustituible.

Pero la OMC no es un fin en sí misma. Solo es importante porque es un medio para lograr crecimiento, desarrollo, creación de empleo y estabilidad.

Debemos centrarnos en eso.

Un directivo empresarial estadounidense, firme partidario de la OMC, me dijo hace poco que últimamente dedica demasiado tiempo a defender las instituciones.

Yo no podría estar más de acuerdo.

Debemos volver a concertar nuevos acuerdos que reflejen la continua evolución de la economía mundial, creen nuevas oportunidades y mejoren la vida de las personas.

Eso es lo que el mundo espera de la OMC, y cualquier reforma que emprendan nuestros Miembros debe juzgarse a la luz de ello.

Muchas gracias.

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