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FORO PÚBLICO DE LA OMC DE 2012

“¿Está en crisis el multilateralismo?”
Discurso de Micheline Calmy-Rey, ex Presidenta de la Confederación Suiza

Ginebra, 24 de septiembre de 2012

 

Foro Público de la OMC de 2011
Foro Público de la OMC de 2010
Foro Público de la OMC de 2009
Foro Público de la OMC de 2008

Programa de Embajadores de la Juventud de la OMC de 2012

Se anuncian los resultados del concurso del Programa de Embajadores de la Juventud de la OMC

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Sr. Director General, Pascal Lamy

Excelentísimos señores, señoras y señores

Es para mí un honor y un verdadero placer asistir hoy a la inauguración del Foro Público de la OMC 2012, acontecimiento destacado en el calendario mundial, y en particular en el de la “Ginebra internacional”.

Como muchos de ustedes saben, la “Ginebra internacional” es muy importante para mí.  Por eso comprenderán mi satisfacción al poder responder hoy a la invitación de Pascal Lamy y la OMC para sumarme a los muy diversos participantes en el Foro Público que tienen algo que decir sobre el funcionamiento de la OMC y el modo en que interactúa con su entorno.

Hace unos años tuve el privilegio de trabajar con la OMC en sus proyectos para mejorar las condiciones de trabajo del personal.  Y me complace comprobar lo mucho que ya se ha conseguido y el avanzado estado de construcción del nuevo edificio.  Crear las condiciones óptimas para la Ginebra internacional sigue siendo muy importante para Ginebra y para Suiza.

Mi país, Europa y el mundo se encuentran hoy en una encrucijada.  Por eso no puedo imaginar ningún tema mejor para nuestra reunión de hoy que la pregunta de si el multilateralismo está en crisis.  Se trata de un debate interesante y supongo que muchos de ustedes tienen sus propias ideas sobre ese tema y sobre cómo podemos convivir todos en un mundo pacífico y próspero.

La tecnología, el comercio, la globalización y las redes sociales han hecho que los ciudadanos de nuestro mundo estén mucho más cerca unos de otros de lo que jamás habían estado, pero aun así hemos de encontrar el mejor modo de trabajar juntos y, lo que es más importante, de afrontar juntos los problemas mundiales.  Lo que es indudable es que el multilateralismo está fallando en muchas esferas y es incapaz de producir los resultados esperados en esta época de grandes dificultades de la que estamos siendo testigos.

Millones de personas en todo el mundo tienen que hacer frente a unas condiciones extremas de pobreza, escasez de alimentos, conflictos y guerras.  Nuevas enfermedades se están propagando con efectos hasta ahora desconocidos, y muchos de nosotros estamos contribuyendo cada día a la destrucción del sutil equilibrio que permite que nuestro planeta sea sostenible.

La crisis financiera y económica es otro gran reto para el multilateralismo.  Esta crisis está ejerciendo una enorme presión sobre las organizaciones internacionales, los gobiernos, los legisladores, las empresas, las organizaciones no gubernamentales y las poblaciones de todo el mundo.   Desde 2008, ha dejado clara la necesidad de la reglamentación financiera mundial que está empezando a configurarse, por ejemplo a través de los Acuerdos de Basilea.  Pero hay otras esferas de la cooperación mundial que también se están resintiendo más de la falta que del exceso de multilateralismo.  Las negociaciones sobre el clima están en crisis;  el aumento de la inseguridad alimentaria y la subida de los precios de los productos alimenticios en todo el mundo son otros ejemplos que indican que la comunidad internacional no puede pasar por alto que la única forma de resolver estos problemas es a través de una verdadera cooperación y un verdadero multilateralismo.

En mi opinión, la crisis del multilateralismo tiene también repercusiones en la labor de la Organización Mundial del Comercio en la que hoy nos encontramos.

La incapacidad de los Miembros de la OMC para llegar a un acuerdo sobre la conclusión de la Ronda de Doha es sin duda un revés difícil de comprender, especialmente en el contexto de la crisis actual.  El objetivo fundamental de las negociaciones de la OMC es ofrecer oportunidades comerciales mutuas a todos sus Miembros y, de ese modo, dar un fuerte impulso al crecimiento económico y la creación de empleo en las economías de todo el mundo.

Sé que muchos de ustedes estarían de acuerdo con lo que acabo de decir, pero, como se suele afirmar, el problema está en los detalles.  Bien, creo que ha llegado el momento de que el multilateralismo y la OMC den ese fruto que se espera de ellos y que es la Ronda de Doha.  Esto no es sólo sensato;  es también necesario, dadas las dificultades con que se enfrentan muchas economías.

Aunque actualmente sea difícil convencer a los políticos de las ventajas que tiene la apertura del comercio, creo sinceramente que la creación de oportunidades comerciales mutuas mediante la conclusión de la Ronda de Doha sería sin duda beneficiosa para la gran mayoría de los Miembros de la OMC.  Por no hablar del hecho de que, al concluir la Ronda, los Miembros de la OMC simplemente plasmarían en normas comerciales multilaterales muchas de las situaciones reales en que actualmente se desarrolla el comercio internacional.

Permítanme que me explique, aun a riesgo de repetir algo que probablemente muchos de ustedes saben.  Me refiero al hecho de que la mayor parte del comercio internacional consiste en añadir valor a las mercancías producidas y comercializadas en diversos países.  Creo que hoy sería sumamente difícil encontrar un producto totalmente fabricado en un solo país.

De hecho, el 60 por ciento de los productos que son objeto de comercio a nivel mundial son productos intermedios.  Esto significa que el comercio actual está dominado por los insumos de los productos finales.   Una vez más, estoy segura de que ustedes conocen bien esta estadística, pero en este caso estoy más interesada en la historia que se esconde detrás de ella.  Esta historia es la del grado en que los Miembros de la OMC están participando colectivamente en la creación de “cadenas de valor” en todo el mundo y estableciendo de ese modo una red muy densa de intereses entre ellos y en el seno de los diversos sectores económicos internacionales.  Habida cuenta de esas inmensas transformaciones, podemos decir con certeza que las importaciones y exportaciones de un país son dos caras de una misma moneda:  la de la competitividad en el comercio internacional.

El comercio exterior de Suiza es un ejemplo ilustrativo de ello.  Una de las decisiones más acertadas del comercio suizo, además de invertir en productos de gran valor añadido, ha sido conectarse con las cadenas de valor mundiales.  Dejando a un lado el hecho de que los relojes suizos representan el 47 por ciento de los que se comercializan a escala mundial, los productos medicinales y farmacéuticos son los principales productos de exportación de Suiza, pero también sus principales productos de importación.  Cabría citar ejemplos similares de las importaciones y exportaciones de productos manufacturados y semimanufacturados, como los aparatos eléctricos o los instrumentos de precisión para medición o análisis.  Suiza ocupa el cuarto lugar entre los exportadores mundiales de café, sin ser un país famoso por su café molido.  También ocupa el octavo lugar entre los exportadores de chocolate.

Además, el comercio suizo con Asia, donde tiene lugar la mayor parte de la dinámica de las cadenas de valor, ha crecido constantemente en el último decenio, con un aumento del 13 por ciento en el caso de las exportaciones y de un 11 por ciento en el de las importaciones de productos originarios de Asia.  En 2011, casi un 15 por ciento de nuestras exportaciones se dirigió a lo que podríamos llamar el Asia emergente (excluido el Japón), frente a tan sólo un 9 por ciento en 2000.  Se trata con mucho del segmento más dinámico de nuestro comercio exterior.

Estoy segura de que abundan los ejemplos similares en los diferentes Miembros de la OMC.  Por ello es difícil comprender la falta de progresos en las negociaciones, y aún más la tendencia al proteccionismo.  Limitar o restringir las importaciones equivale con frecuencia a arrojar piedras contra el propio tejado.

Dicho esto, estoy totalmente de acuerdo en que durante una crisis económica es muy normal que los políticos se enfrenten a enormes presiones sociales y económicas y tengan que tomar medidas.  Lamentablemente, las medidas políticas tienden con mucha frecuencia a atender el descontento más visible y ruidoso y seguir el camino del proteccionismo.  Hemos visto en el pasado que las medidas políticas de este tipo no sólo pueden conducir al aislamiento y la retorsión, sino también tener efectos más graves.  La crisis del decenio de 1930 y la posterior guerra mundial son dos poderosos recordatorios.

En este momento, me gustaría felicitar sinceramente a la OMC por la excelente labor que viene realizando desde hace ya un par de años para vigilar las presiones proteccionistas.  No cabe duda de que los informes de vigilancia elaborados por esta institución nos han ayudado a todos a contener el proteccionismo, hasta ahora, en niveles razonables.  Si no me equivoco, las distintas medidas adoptadas por Miembros de la OMC como consecuencia de la crisis actual han afectado muy poco al comercio internacional.  Pero la OMC no debe bajar la guardia;  le esperan tareas todavía más complicadas, ya no sólo vigilar nuevas medidas proteccionistas, sino también desmantelar las que existan cuanto antes.

Durante la crisis actual, y no sólo gracias a su función de vigilancia, la OMC ha podido demostrar que un corpus de normas internacionales convenidas, en este caso el sistema multilateral de comercio, es sumamente importante para sus Miembros y puede ayudarles a contener las presiones proteccionistas extremas.  A mi juicio, la comunidad internacional necesitará más “sistemas basados en normas” como éste para abordar los muchos problemas mundiales acuciantes a los que se enfrenta, como la gobernanza de la financiación internacional, la proliferación de armas nucleares, la prevención de conflictos, la seguridad alimentaria, el cambio climático y el desarrollo sostenible en general.

Son sólo algunos ejemplos de la mezcla explosiva de problemas que la comunidad internacional y el multilateralismo han de resolver.  Ninguno de estos problemas es sencillo, y creo que el hecho de que la geopolítica internacional se esté transformando completamente agrava aún más la situación.

Nadie puede negar el papel sumamente importante que han tenido las organizaciones internacionales creadas después de la Segunda Guerra Mundial.  Tampoco se puede negar que estas organizaciones ya no son representativas de la realidad del equilibrio de poder mundial.  Es evidente que en la escena mundial el poder se está trasladando sin pausa de Occidente a Oriente.  Por ejemplo, la coalición occidental tradicional no ha podido desempeñar su destacado papel en la orientación del programa de la Cumbre de Copenhague o la de Río+20, ni proteger a los civiles en Siria.

Esta nueva realidad geopolítica también repercute en la Ronda de Doha de la OMC.  A los países de la Cuadrilateral tradicionales, que por ejemplo en la última Ronda Uruguay fueron el factor decisivo, se les han unido nuevas fuerzas de las potencias emergentes.  Además, existe ahora una red más compleja de alianzas geográficas y de intereses que también contribuye a orientar el programa y los progresos de las negociaciones.

Hay que reconocer que hace ya un decenio que estos cambios y transformaciones tienen lugar en la OMC, por lo que en cierto modo esta Organización y la Ronda de Doha han sido precursores al preparar el escenario del nuevo equilibrio de poder mundial.  Esto explica en gran medida las dificultades para convenir en la conclusión de la Ronda.

Estas dificultades han puesto de manifiesto las diferencias que existen entre las economías desarrolladas y las emergentes en cuanto al grado de responsabilidad y solidaridad que hay que exigir en los compromisos, lo que en la OMC se conoce como “trato especial y diferenciado”,  que otorga flexibilidad a algunos Miembros para que, dependiendo de cuál sea su nivel de desarrollo, contraigan compromisos de menor calado.  Se trata de un debate sumamente político y muy sintomático de la crisis del multilateralismo.  Resulta muy interesante el paralelismo entre el trato especial y diferenciado y la “responsabilidad común pero diferenciada” de los debates sobre el cambio climático.  Son dos ejemplos que demuestran que el multilateralismo tiene que acercarse a la realidad del equilibrio de poder.  Si no se sabe interpretar y responder a esa realidad de manera consensuada y oportuna, el sistema multilateral seguirá en una situación muy complicada.

A mi juicio, la redefinición del papel del Estado y su obligación de procurar la necesaria colaboración con otros agentes en la escena mundial han modificado muy profundamente los procesos de adopción de decisiones.  Muy a menudo estas transformaciones coinciden con la necesidad de actuar rápidamente.  Por ese motivo, muchas “superpotencias” están tratando de trascender el marco de las Naciones Unidas, que hasta ahora ha sido el organismo internacional por excelencia para la resolución de conflictos y la acción colectiva.

Esta es la razón por la que se creó el G-20, para abordar los problemas derivados de la crisis económica y financiera iniciada en 2008.  Si bien entiendo la lógica que hay detrás de la creación de estos foros paralelos, lamento sin embargo su falta de legitimidad y considero que estos foros no deberían tomar decisiones importantes en lugar de las organizaciones más universales.  La legitimidad de estas organizaciones universales no se deriva del tamaño o poder económico de los Estados, sino de la voluntad colectiva de todos los miembros que las constituyen.

Si algo demuestran estos cambios es que el multilateralismo y la acción colectiva son necesarios.  Se ha iniciado un proceso muy lento que antepone el multilateralismo a las superpotencias predominantes.  Pero todavía es muy pronto para cantar victoria;  una de las dudas fundamentales del atormentado mundo actual es saber lo que depara el futuro a una organización como las Naciones Unidas.  ¿Llevarán todos estos cambios a su fortalecimiento o, al contrario, harán desaparecer el ya débil nivel de cooperación mundial logrado en el marco de las Naciones Unidas?

En este sentido, la gobernanza mundial no significa lo mismo para todo el mundo.  Por ejemplo, para muchas potencias emergentes la gobernanza multilateral no es más que un grupo de poderosos Jefes de Estado o de Gobierno que negocian entre ellos.

Esta idea de la gobernanza mundial no conviene demasiado a los intereses de muchos países que disponen de menos instrumentos de poder, como Suiza.  Este tipo de relaciones de poder no se corresponde realmente con nuestros intereses nacionales.  En cambio, es sumamente importante que el multilateralismo siga bien vivo.  Es cierto que los caminos del multilateralismo son a veces tortuosos, complejos y largos, pero no hay otra alternativa.  El multilateralismo garantiza la legitimidad y puede de hecho dar resultados si existe voluntad colectiva.

Las instituciones multilaterales como las Naciones Unidas y la OMC son únicas, ya que ofrecen un marco en el que todos los países del mundo puedan reunirse para abordar toda la gama de problemas internacionales relacionados con la paz y la seguridad, así como la protección de los derechos humanos y objetivos como el desarrollo sostenible para todos.  Sin embargo, a menudo se las critica y acusa por no actuar ante los acuciantes problemas mundiales.  Aparte de lo injustas que puedan ser algunas de esas críticas, se suele olvidar que las medidas de las Naciones Unidas o la OMC son el resultado de la acción colectiva de sus Miembros.

Apoyo plenamente las ideas de inclusión, responsabilidad compartida y solidaridad como el mejor camino a seguir para la gobernanza mundial.  El multilateralismo sólo funcionará si se elaboran programas consensuados pero ambiciosos y se acepta que todos los agentes tienen un papel y responsabilidad en los asuntos mundiales.

Muchas gracias.

Audio:
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