DIRECTOR GENERAL ADJUNTO ALAN WM. WOLFF

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Diálogos sobre el Comercio: alimentos
El comercio internacional y la seguridad alimentaria en tiempos de la COVID-19, observaciones virtuales del Director General Adjunto Alan Wm. Wolff

  ¿Qué papel desempeña el comercio internacional de alimentos en la seguridad alimentaria mundial y en qué medida dependen los países unos de otros para su seguridad alimentaria?

En primer lugar, diré que es para nosotros una gran satisfacción iniciar en la OMC un diálogo sobre el comercio centrado en los alimentos a través de estos seminarios en línea: un diálogo en torno a este tema nunca ha sido más oportuno.

En fecha muy reciente, los Directores Generales de la OMC, la FAO y la OMS hicieron pública una declaración conjunta en la que advertían de lo siguiente:

Debemos garantizar que nuestra respuesta a la COVID-19 no cause involuntariamente una escasez injustificada de artículos esenciales y agrave el hambre y la malnutrición.

En otras palabras, previnieron sobre la posibilidad de que la crisis causada por la COVID-19 degenere en una crisis alimentaria.

Ahora bien, es importante entender que el comercio internacional de alimentos no es un lujo. La circulación de alimentos desde las zonas de nuestro planeta donde hay excedentes de alimentos a las zonas donde hay déficit es absolutamente esencial para la seguridad alimentaria mundial.

Una de cada seis personas del mundo depende casi por completo del comercio internacional para alimentarse, lo que equivale al 17% de la humanidad, es decir, 1.300 millones de personas. Ahondaré ahora sobre este tema.

En la actualidad, hay en el mundo más de 30 países que dependen forzosamente de los alimentos importados, no para aumentar la diversidad de sus alimentos, sino para evitar la inanición. Esta situación se debe a muy diversas razones, entre ellas la baja productividad agrícola y la gran escasez de tierra y agua. Muchos de estos países se encuentran en África, y algunos en Oriente Medio.

A nivel mundial, la agricultura utiliza aproximadamente el 40% de la superficie terrestre y alrededor del 70% del agua dulce total del planeta, en su mayor parte para el riego.

El comercio internacional de alimentos es comercio de tierra, comercio de agua y comercio de energía. Como nos indica el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, si un país como Egipto aspirara a la autosuficiencia alimentaria, necesitaría no un río Nilo, sino tres. Espero, pues, que esto ayude a nuestros espectadores a formarse una idea clara de lo esencial que es mantener activo el flujo del comercio internacional de alimentos. El comercio de alimentos no es un lujo, sino una necesidad primordial.

Actualmente, es muy probable que la seguridad alimentaria dependa cada vez más del comercio internacional.

Según el Instituto Potsdam para la Investigación sobre el Impacto del Cambio Climático, si damos un salto en el tiempo, es muy posible que en el año 2050 dependa del comercio internacional para su alimentación alrededor del 50% de la humanidad, no el 17% actual. Eso ocurrirá como consecuencia del crecimiento de la población y el cambio climático. Basándose en datos actuales sobre población y consumo de alimentos y agua en cada nación, el Instituto Potsdam concluye que los países se verán obligados a aumentar su dependencia mutua para alimentar a sus poblaciones. También será necesario mejorar drásticamente la productividad agrícola e introducir cambios en la dieta.

Se ha observado que los países con mayor dependencia de las importaciones se encuentran en África del Norte, Oriente Medio y América Central, donde en 2050 dependerá de los alimentos importados más de la mitad de la población. La reciente labor del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático en relación con el sector agropecuario ha arrojado luz también sobre la gran tensión a la que estará sometida nuestra seguridad alimentaria colectiva a causa del cambio climático.

El comercio internacional de alimentos es importante asimismo por el hecho de que ha ampliado en gran medida la dieta humana. Ahora podemos comer más fruta y verdura durante todo el año, lo que ha redundado en sustanciales mejoras en la salud y la longevidad humanas.

También conviene recordar que ni siquiera los países que pueden alimentarse por sí mismos, y que en teoría podrían autoabastecerse en cuestión de alimentos si se lo propusieran, disponen de sistemas agrícolas capaces de funcionar sin el comercio internacional de fertilizantes y de todos los demás insumos que intervienen en la producción agrícola.

Cada año se utilizan a nivel mundial 180 millones de toneladas de fertilizantes en las tierras agrícolas con el fin de ayudarnos a cultivar trigo, arroz y maíz suficientes para mantener a nuestra creciente población. Aproximadamente un 40% de la producción mundial de fertilizantes es objeto de comercio en los mercados internacionales. Muchos países necesitan importar también sus piensos. Pongamos por ejemplo las habas de soja. Alrededor de un 60% de la producción mundial total de habas de soja es objeto de comercio internacional, utilizándose una proporción considerable para alimentar animales. Lo mismo puede decirse de todo lo demás, desde las semillas hasta los tractores y el resto del equipo que emplean diariamente los agricultores para sembrar sus tierras y cosechar.

La OMC conserva un vívido recuerdo de la crisis alimentaria de 2008, durante la cual, a los primeros indicios de escasez en el mercado de alimentos, los países se apresuraron a imponer restricciones a la exportación de alimentos, lo que dio lugar a una restricción tras otra. Como resultado de eso, quedó interrumpido el suministro de arroz y otros alimentos esenciales a los países con dificultades para alimentarse por sí mismos. Los Ministros de Comercio y Agricultura de muchos países, en particular de Oriente Medio, tomaron el primer avión a Ginebra para examinar la situación con la OMC.

Nuestra dependencia mutua es aún más crítica por la escasez de algunos alimentos básicos esenciales en los mercados internacionales. Por ejemplo, el arroz es un producto del que se comercia un porcentaje reducido. Solo el 5% de la producción mundial es objeto de comercio internacional. Por tanto, cuando se producen estrangulamientos en los mercados del arroz por una u otra razón, el resultado puede ser una grave escasez de lo que es un alimento básico en muchos lugares del mundo.

Por todos estos motivos, el comercio internacional de alimentos se ha triplicado desde el año 2000. Ahora su volumen total alcanza un valor superior a 1,5 billones de dólares. A lo largo de los años, los países en desarrollo han ampliado significativamente su participación en los mercados de exportación de productos agropecuarios, y eso ha desempeñado un papel muy importante en el esfuerzo de sacar de la pobreza a sus agricultores y sus zonas rurales.

Por consiguiente, debemos mantener abiertos los mercados y activas las corrientes del comercio de alimentos y seguir mejorando el conjunto de normas de la OMC para que se perciba el comercio internacional como algo fiable.

Por lo que se ha podido observar, ¿cuál ha sido la respuesta de la política comercial a la crisis causada por la COVID-19? ¿Ha inducido la COVID-19 a los países a reconocer el papel del comercio en la seguridad alimentaria o, por el contrario, está reforzando el llamamiento de algunos sectores en favor de una mayor autosuficiencia alimentaria?

No he visto a ningún país hablar de la necesidad de autosuficiencia alimentaria a raíz de esta crisis. Más bien todo lo contrario. Los Ministros de Agricultura del G-20 se reunieron hace solo unas semanas y reafirmaron la necesidad de mantener activas las corrientes del comercio internacional de alimentos. Concretamente, dijeron:

Estamos de acuerdo en que las medidas de urgencia concebidas para hacer frente a la COVID-19 [...] deben ser específicas, proporcionadas, transparentes y temporales, en que no deben crear obstáculos innecesarios al comercio ni perturbar las cadenas de suministro mundiales, y en que deben ser compatibles con las normas de la OMC.

En la crisis causada por la COVID-19, el problema es que, como hemos oído decir a muchos miembros de este panel, nos hallamos ante un cierre económico sin precedentes. Con el cierre de las fronteras nacionales y la reducción del transporte aéreo y marítimo de mercancías, la principal preocupación ha sido que los alimentos no puedan circular entre países tan fácilmente.

A mi modo de ver, ha sido en reacción a esto, más que por un deseo de autosuficiencia alimentaria a largo plazo, que algunos países han impuesto restricciones temporales a la exportación de alimentos a raíz de la COVID-19.

Expondré ahora la situación en el ámbito de los alimentos tal como la estamos viendo en la OMC. Basándonos en las fuentes de información a las que tiene acceso la OMC, hemos observado que 17 de los 80 países que han impuesto restricciones a la importación en respuesta a la COVID-19 lo han hecho sobre los alimentos. El resto de las restricciones han tendido a centrarse en los equipos de protección individual, el material médico y los productos farmacéuticos.

Es importante que todas las restricciones a la exportación aplicadas a los alimentos durante la pandemia de COVID-19 sean temporales y se notifiquen a otros países con la mayor antelación posible a fin de que no repercutan en la seguridad alimentaria. En particular, porque, como sabemos, ahora mismo no escasean los alimentos a nivel mundial.

Nuestra experiencia en la crisis alimentaria de 2008 demostró que un gran número de las restricciones a la exportación de alimentos impuestas se mantuvieron hasta mucho después de la crisis, y que, por desgracia, el 40% de ellas se concentraron en el arroz, y alrededor del 30% en el trigo. Debemos hacer lo que esté a nuestro alcance para impedir que eso vuelva a ocurrir, y debo decir que en esta crisis no hemos visto aún medidas de restricción a las exportaciones de esa misma magnitud.

La moralidad no es un término que suela vincularse a las decisiones de política comercial, y sin embargo sabemos que imponer controles a la exportación de productos médicos, medicamentos y equipos de protección individual tiene en la actualidad una dimensión moral. No hay ningún aspecto del comercio en el que la dimensión moral esté más presente que en el suministro de alimentos esenciales. De hecho, las normas vigentes de la OMC prescriben ya que los países exportadores tomen en consideración los efectos de las prohibiciones o restricciones de la exportación de alimentos en la seguridad alimentaria de los demás.

También estamos empezando a observar que algunos países importadores están adoptando medidas, tales como aumentar los aranceles aplicados a determinados productos agropecuarios, para contrarrestar la disminución de los precios a fin de proteger a los productores nacionales. Confío en que eso no se convierta en tendencia.

Con todo, quiero destacar los considerables esfuerzos que, como vemos en la OMC, se están realizando para liberalizar y facilitar el comercio a raíz de esta crisis.

Hace unos días, 49 países se comprometieron a apoyar el comercio abierto y previsible de alimentos y productos agropecuarios y a no perturbar las cadenas de suministro de alimentos. El Canadá encabezó esa iniciativa. Estos 49 países, que representan el 63% de las exportaciones mundiales de alimentos y productos agropecuarios y el 55% de las exportaciones mundiales, se comprometieron a:

  • no perturbar la cadena mundial de suministro de alimentos;
  • no imponer restricciones a la exportación de alimentos;
  • garantizar que la respuesta a la crisis causada por la COVID-19 sea específica, proporcionada, transparente y temporal;
  • actuar con contención al constituir existencias nacionales de alimentos de los productos agropecuarios tradicionalmente destinados a la exportación; y
  • notificar a la OMC con prontitud las medidas en respuesta a la pandemia de COVID-19.

Este es un compromiso abierto a cualquier otro país que desee suscribirlo.

Como también hemos visto, Nueva Zelandia y Singapur han notificado a la OMC un acuerdo por el que se comprometen a mantener abiertas y conectadas las cadenas de suministro durante la pandemia de COVID-19. Se comprometen a facilitar el comercio y a abstenerse de imponer restricciones a la exportación a diversos productos, entre ellos algunos preparados alimenticios.

Por otra parte, con respecto a las MSF, si bien hemos observado que algunos países han endurecido sus normas sanitarias y fitosanitarias para determinados productos importados, como los animales exóticos y las carnes, mediante medidas de urgencia, también hemos visto que se han adoptado muchas medidas sanitarias y fitosanitarias con la finalidad de aceptar los certificados electrónicos en lugar de la documentación en papel, más habitual.

Será interesante ver si al final la COVID-19 lleva a la modernización y digitalización de toda clase de procedimientos de certificación relacionados con el comercio.

En resumidas cuentas, pues, diría que el mundo enseguida ha reconocido el valor del comercio internacional de alimentos para la seguridad alimentaria mundial y ha hecho llamamientos, además de adoptar medidas concretas, para proteger de cualquier perturbación la cadena mundial de suministro de alimentos.

Espero que siga siendo así.

 

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